Columnistas

Fabio Villegas Botero: in memoriam
4 de Febrero de 2013


Hace un año, el 4 de febrero de 2012, falleció a los 83 años, tras una corta enfermedad, Fabio Villegas, autor de la columna Calor Humano que desde 1989 salía habitualmente cada viernes en este diario.



Javier Villegas B.


Hace un año, el 4 de febrero de 2012, falleció a los 83 años, tras una corta enfermedad, Fabio Villegas, autor de la columna Calor Humano que desde 1989 salía habitualmente cada viernes en este diario. La última, publicada el 26 de enero, nueve días antes de su muerte, la tituló “Importancia de un nuevo calendario”.



Fabio fue un hombre de una gran inquietud intelectual. Obtuvo grados universitarios en filosofía, economía y teología. Era un lector apasionado, un maestro que motivaba y estimulaba a sus alumnos, un conversador que se deleitaba argumentando sus propuestas, un escritor de estilo sencillo, riqueza de vocabulario y variedad de temas. En sus columnas sobresalen las que tratan de política nacional e internacional, de economía, religión, historia, pero de manera especial las relacionadas con el lenguaje  y el calendario. 


La muerte lo sorprendió en medio de sus actividades cotidianas: la elaboración de su columna semanal para el periódico El Mundo, las clases de lengua española en el Politécnico Colombiano, las tareas que como vicepresidente de la Academia Antioqueña de Historia le habían sido asignadas. 


Como esposo, padre, abuelo, hermano, tío, siempre estaba dispuesto a escuchar, a apoyar, a dar un consejo, a proponer una idea. Optimista, estaba convencido de que nosotros somos los artífices de nuestro destino, y solo el trabajo y el esfuerzo son garantía del éxito, y que una vida sin esfuerzo y objetivos ambiciosos no merece ese nombre.


Se entregaba de lleno, con pasión y con responsabilidad, a lo que emprendía. No sabía de las salidas fáciles, por cumplir. Firme en sus convicciones y en sus ideales de justicia,  sostenía con ardor y vehemencia sus puntos de vista, a los que se aferraba casi hasta la terquedad, pero respetando siempre a su interlocutor, a quien procuraba convencer con sus argumentos.


Cuando vio llegar la hora de su muerte la aceptó con total entereza, y él mismo se encargó de dar ánimos a su esposa, Oliva, y a sus hijos, Alejandro y Carolina. Como católico convencido recibió los sacramentos y se entregó con serenidad en manos de Dios. De él podemos decir que cumplió su tarea, no desfalleció en el combate, y fue a recibir el premio merecido en una larga y fecunda vida, vivida a plenitud y con alegría. 


El tres de diciembre recibió un sentido homenaje en la Academia de Historia. Ese día fue descubierto su retrato al óleo, junto con los de dos grandes antioqueños: Rafael Uribe Uribe y Mariano Ospina Pérez.  


Su familia, los colegas y alumnos del Politécnico, los compañeros de la Academia de Historia, los lectores de su columna de prensa y tantos amigos y conocidos conservamos un bello recuerdo de un hombre bueno, un ciudadano ejemplar, un cristiano comprometido con su fe y con la justicia.