Palabra y obra

The world named by Lucía Estrada
El mundo nombrado por Lucía Estrada
2 de Febrero de 2013


Lucía Estrada publicó, en 2012, su libro “Cuaderno del ángel”, con la editorial Sílaba. Este poemario fue ganador de una Beca de Creación Artística de la Alcaldía de Medellín.



Lucía Estrada hizo parte de la organización del Festival Internacional de Poesía de Medellín durante cinco años.

Cortesía, Jairo Ruiz Sanabria


Diana Carolina Mejía 


Lucía Estrada nació en 1980, en la década más convulsa, cruenta y violenta de la historia reciente de Medellín. El narcotráfico y el sicariato, las bombas. Las balas. El caos. La muerte. El ruido. El hampa. El dinero. El dinero fácil. 


En medio de tanta agitación, tanto dolor y tanto miedo, por ahí, en algún punto de una ciudad que albergaba indistintamente a más de dos millones de almas: los buenos, los malos, los desposeídos, los indiferentes, las víctimas, los victimarios, los “donnadie”, los patrones; una niña tímida y silenciosa se inventaba su propia ciudad. El mundo se abría ante sus ojos no como una realidad sino como una posibilidad: estaba allí para ser inventado. El mundo de afuera era maleable a sus ficciones, a sus primeras fantasías, a sus primeros juegos.


Lejos estaban los otros. Lejos el dolor, lejos el horror. Su mundo se fue construyendo hacia adentro, bajo la mirada limpia y protectora de los padres, bajo la sombra confortable de ser la menor de los hermanos, la princesa de casa.


Contrario a lo que lectores desprevenidos pudieran esperar de las estéticas de una mujer joven que escribe en esta Medellín confundida, superficial y trastornada, Lucía Estrada despunta con una poética universal, madura, profunda, lírica, fina y reflexiva, elogiada por sus pares y los lectores (que para la poesía no son muchos, pero los que hay son selectos y exigentes).


Elude asuntos que se han convertido en lugares comunes. No hay en ella feminismos recalcitrantes, su condición de mujer está ampliamente superada en su obra. No hay ecos reivindicativos de género que afrontaron algunas de sus predecesoras o que aún afrontan algunas de sus contemporáneas en nuestra poesía. Tampoco aparece la ciudad como una suerte de lastre o demonio, ni como evocación idílica. Tampoco el erotismo, la femme fatale, la seducción... el amor romántico o el amor contrariado. No es la suya una poesía quejosa ni sentenciosa. Son otras sus búsquedas y otros han sido sus hallazgos.


Lejos está también de poses eruditas, del visto bueno social. Su poesía le surge como una necesidad vital, no como resistencia, no como activismo, ni siquiera como una bandera, una causa, una manera de hacer parte del mundo. Ya para  Lucía Estrada la poesía y la palabra nacen como un canto profundo, solitario e inevitable.


Ella nos habla de su escritura.  


-¿Cómo recuerda la ciudad de sus primeros años?


“La ciudad era un horizonte de cielo, luces y penumbras que yo podía mirar desde las escalas del solar de mi casa. Lejana, silenciosa y humeante, trataba de imaginarla en cada uno de sus rincones: qué harán allí, qué juegos rodarán por esas calles, qué tiendas llenas de dulces y objetos extraños, quién estará muriendo... Así pasaba horas y horas, mezcla de éxtasis y temor. Cuando salía con mis padres, era distinto. Yo era parte del juego. Y así caminaba, prestando mucha atención a todo lo que veía y oía: letreros, rostros, gestos, gritos, risas...


No preguntaba. Imaginaba. Trataba de comprenderlos con mis pocos elementos de realidad. Eran figuras que yo adhería a mi álbum personal. Los guardaba como un raro tesoro para mis horas de letargo, cuando la tarde caía y la casa se ponía oscura. Mi madre en su máquina de coser, los grillos abriendo sus cantos a la noche. Las noticias del horror llegaban desde lejos. De alguna forma no me tocaban. Yo estaba dentro de mi casa y bajo la mirada de las cosas que yo miraba y soñaba. Era como escuchar rugir un león hambriento detrás de los barrotes de su jaula. Después... Después sería distinto...”


-¿Cuáles fueron sus primeras influencias poéticas y sus primeras lecturas?


“‘Alicia en el país de las maravillas’ y ‘Alicia a través del espejo’ fueron sin duda un cultivo de presencias y grandes hallazgos. Las imágenes, el gusto por la palabra que había en estos autores. El asombro, la paciencia con la que se contemplaba el mundo. La belleza, el silencio, la palabra que nos miraba a los ojos y preguntaba lo esencial, aquello por lo que hubiésemos dado la vida, el horizonte, el tiempo. Y estaba la tensión, esa virtud que tienen las palabras cuando uno recién las descubre. Ese hilo transparente que lo envolvía todo y lo hacía vibrar en el aire”.


-¿Cuáles fueron sus primeras inquietudes poéticas, los primeros temas, las estéticas? ¿Cómo han evolucionado a la actualidad?


“Mis inquietudes han sido esencialmente las mismas desde el comienzo. No obstante han evolucionado, han ganado matices, señales, nuevas preguntas. He tratado, como lo exige Roberto Juarroz, de emprender un camino vertical, una búsqueda que se mueva en lo profundo, en las aguas del lenguaje y del silencio. No sé qué tanto haya logrado, pero la consigna es permanecer, no cerrar los ojos ni el oído. Pero claro, hay ‘temas’ que yo abordé al principio y que quizá hoy hayan sido de algún modo superados. Y es porque para el poeta su entorno, sus circunstancias son definitivas aunque estas no se manifiesten de manera evidente en lo que escribe...


El mundo cerrado de la infancia, el primer asombro, la primera urgencia de nombrar aquello que se ve, el mundo que nos rodea, su maravilla, su espanto. Todo está contenido en el pequeño bestiario de mi primer libro. Los insectos, las lecturas, la ausencia del amor sensual (lo que resulta contrario al común de las personas que se acercan por primera vez a la poesía), el miedo, las preguntas, las no respuestas, el sentirse vivir en un tiempo que no se corresponde con las texturas internas, con la corriente de las imágenes que nos asisten de manera desprevenida, inocente si se quiere”. 


-¿Cuándo llegó a usted “la consciencia” de ser una poeta?


“Esa ‘consciencia’ es un fruto difícil. En el momento mismo en el que escribes una palabra tras otra por necesidad, sabes que la vida te ha cambiado. Sabes que no sabes y que por eso mismo tienes que seguir. Sabes que la palabra es el aire en el que te mueves, pero también un peso terrible, una honda responsabilidad. Cada día esa ‘consciencia’ echa raíces más profundas, te conmueve más profundamente, te obliga a estar despierto, te interroga, te sacude. Y aun así, cuán lejos estamos de saber qué cosa es en verdad la poesía. Lo intuimos, pero nadie podría decir la última palabra”.


-¿Cómo se desarrolla la vida habitual de una mujer: la adolescencia, la adultez, el amor, el trabajo, cuando esa mujer es poeta?, ¿cómo “transversaliza” la poesía esa cotidianidad? 


“Es simple, en apariencia. Uno vive la vida de todos los días: ama, va al trabajo, se ocupa de las pequeñas cosas de siempre. Pero la poesía, sin duda, va dejando su huella en todo eso. Hay una manera distinta de afrontar el mundo, la realidad. Uno se da cuenta de que, acaso, las cosas sencillas se convierten en grandes retos, o, por el contrario, que la poesía nos reviste de una fortaleza mayor, capaz de asumir todos los riesgos”.


-Además de la inserción a la poesía y la literatura, ¿cómo ve la inserción de las mujeres en la vida intelectual de Medellín?


“Creo que han logrado abrirse camino. Tienen, de alguna forma, lo que han buscado. Y si me excluyo es porque no he jugado en ese bando de segregación. Soy una persona. Alguien que piensa y siente. Como todos. Alguien que hace lo que puede. Como todos. La lucha de sexos no es la mía. Si yo hubiese vivido en el siglo XVI me hubiera comportado de la misma forma. Pero en ese entonces, me dirán, si te hubieses comportado como lo haces ahora, con tus búsquedas y tus sentidos, el fin habría sido otro. No lo dudo, y agradezco que ya no existan las tenazas ni el potro ni la hoguera. Sin embargo, las mujeres de hoy corremos otros riesgos, otros peligros, siendo el mayor de todos olvidar la noche y sus misterios”.


-¿Cómo ve las ganancias sociales, intelectuales, económicas, artísticas de las mujeres en nuestra ciudad?


“Creo, en general, que hay pocas ganancias sociales, intelectuales, económicas y artísticas en nuestra ciudad... Cuando las hay es porque alguien se las ha procurado a pulso, resistiendo. Una golondrina no hace verano, dicen. Falta que creamos más en nuestras posibilidades y que les demos un tratamiento menos superficial, más profundo y riguroso”.


-Existe un “mito” y es que la literatura o poesía de mujeres es principalmente consumida por otras mujeres, ¿te sucede, te preocupa, a qué se lo atribuyes?


“No, no me preocupa, no me sucede, no se lo atribuyo a nada, no creo que suceda. Hay empatías y desencuentros. Como hace siglos en la literatura, en el arte. Es todo. Y es una de las muchas situaciones que no se pueden medir estadísticamente. Tú lo llamas ‘mito’ y es más hermoso. Uno se sentiría tentado a investigar, a mirar con atención este fenómeno. Pero no. Esa idea se ha difundido mediante las estadísticas que tanto y tanto nos gustan. Todo traducido a cifras, a géneros. División. División. División”.


-¿Cree que hay algunas temáticas que se esperan de las mujeres poetas como erotismo e intimismo?


“Sí, creo que hay un prejuicio en la manera de percibir la poesía escrita por mujeres. Y lo hay porque acaso, durante mucho tiempo, estos temas parecían ser la única fibra que las mujeres, tentadas por un raro concepto de delicadeza y de sensualidad, se atrevieron a nombrar. Pero hubo otras que hablaron de lo que tenían en su alma y alrededor de sus cuerpos. Y todavía las recordamos. Creo que quienes esperan esto de la poesía escrita por mujeres esperan mucho menos de la poesía a secas... Hay que revaluar muchas cosas, y casi  reinventarlas, como exigía Rimbaud. Particularmente estoy cansada de que reduzcamos la poesía (y la literatura toda) al eje temático, que si bien es importante, no aplica en todos los casos. La poesía es una cuerda invisible que nos sostiene y nos arrebata del suelo sin saber, casi nunca, a qué árbol se encuentra amarrada”.


-¿Cómo sobrevive, cómo vive un escritor en Medellín?


“Como lo hacemos todos, quizá. Se vive y se sobrevive a cada instante. Unos con más dificultades que otros, pero siempre igual, siempre la rueda nos pone arriba y abajo. Creo que vivimos por fatalidad, pero sobrevivimos por convicción, por esa rara conciencia de que una palabra, una idea, un amor dan sentido a lo que hacemos. Vivir y sobrevivir en Medellín, es, como lo dijo Borges, un acto de fe”.




Lucía Estrada


Nació en Medellín en 1980. 


Ha sido ganadora de la Beca de Creación Artística en la categoría Poesía, otorgada por la Alcaldía de Medellín. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá con su libro “La noche en el espejo”, y en 2009 fue nominada por la Unesco al Premio Internacional de Poesía “Ponts de Strugas” de Macedonia. 


Ha publicado los libros de poesía “Fuegos nocturnos” (Medellín, 1997), “Noche líquida” (Colección del Ministerio de Cultura, San José de Costa Rica, 2000), “Maiastra” (Medellín, 2004), “Las hijas del espino” (primera edición, Medellín, 2006; segunda edición, 2008), “El ojo de Circe” (Universidad Externado de Colombia, 2006), y “El círculo de la memoria” (Selección de poemas, Lima, 2008; segunda edición: Festival Internacional de Poesía, San José de Costa Rica, 2009).