Columnistas

¿Qué les pasa a los negociadores?
Autor: Bernardo Trujillo Calle
2 de Febrero de 2013


No vengan a decirnos ahora que el gobierno y la comisión de paz no sabían con qué clase de personajes se iban a enfrentar en este proceso de paz.


No vengan a decirnos ahora que el gobierno y la comisión de paz no sabían con qué clase de personajes se iban a enfrentar en este proceso de paz.  Los antecedentes que se tuvieron a la vista son por todos conocidos y ninguno en este país que haya estado atento a lo que sucedió en el Caguán y en cada oportunidad en que las Farc hablan de diálogos, ignora que la lectura tiene que hacerse sobre las intenciones que subyacen en sus inmodificables discursos.  Entonces sorprende que a personas ecuánimes e inteligentes, a más de fogueadas, se les haga extraño que la confrontación continúe paralelamente con las reuniones de La Habana, pues ese fue el documento que se firmó por las partes.  Así se convino y así se ha procedido por ambas partes.  


¿Quién se siente engañado con lo que está sucediendo, si las Farc ataca y mata, secuestra y hace terrorismo como lo está haciendo hace medio siglo y las Fuerzas Armadas responden y las persigue hasta en los más recónditos confines del país, sin dar tregua, porque eso fue también materia del acuerdo previo?  No hay cese al fuego de ninguno de los dos lados y están procediendo conforme a la letra y al espíritu de pacto inicial.  Ni por eso pueda decirse que estén igualados en cantidad de combatientes, en poderío de armamento, en solidaridad de los colombianos, en la justicia de los actos, ni en nada, para abreviar.  El país está del lado del Estado y quisiéramos ver que el propósito de hallar la paz a través de formas civilizadas se cumpla y se obtenga por fin.  Ha sido el presidente Santos quien de buena fe, con los elementos y el poder en sus manos, se propuso iniciarlo, conducirlo, controlarlo y asegurar su feliz culminación. 


Extraña sí, que un autorizado vocero del Presidente hable a todo momento en términos de camorra, como rueda suelta en el engranaje gubernamental, abusando, creo, de su elevada condición de ministro de Defensa a quien se le está mirando desde las distintas vertientes de opinión como alguien que marcha en contravía de las instrucciones presidenciales. No puede ser ese el mismo pensamiento de Santos, ni de quienes con desprendimiento ejemplar vienen acompañando este proceso.


Pero extraña más que el principal vocero del Presidente, que está sentado a la mesa de La Habana atemperando las discusiones, guiando el proceso en medio de la desconfianza inevitable, también haya dado muestras de cansancio, o como decimos por aquí, se esté dejando sacar la piedra de un montón de extremistas provocadores cuya misión es presionar al máximo con actos demenciales para obtener lo imposible, vale decir, que haya una Constituyente o un cese bilateral del fuego que les permita reacomodarse en las zonas perdidas y recuperar el volumen de armas que requieren para el caso de una terminación abrupta del proceso.  Humberto de la Calle, como lo dije, tiene condiciones excepcionales de buen componedor, su discurso es coherente.  Nadie mejor para estar allí presidiendo una “asamblea” tan difícil y heterogénea. La última salida suya, con rabia reflejada en sus palabras, con expresiones salidas de tono y al parecer contraindicadas para lo que se está buscando, ha despertado las alarmas.  Él tiene una responsabilidad inmensa y un compromiso más allá de lo que sería una tertulia de amigos o compadres. Él sabe que detrás de esta historia, de este intento formidable, hay un grupo de derecha extrema y gremios, enemigos jurados de la paz movidos por un sentimiento egoísta, politiquero, rapaz y aventurero, que estarían dispuestos a poner sobre la mesa miles de millones de pesos para evitar el acuerdo, pero nunca un metro de la tierra que disfrutan como señores feudales y por la cual están dispuestos a prolongar la guerra o armar otra más sangrienta.


Hombre ex presidente y ex ministro Humberto: el país confía en su tolerancia, en su objetividad. No se deje descarriar y hable como el personaje más importante de la mesa. Se lo decimos y pedimos sus amigos y compatriotas.


P.S. Alcalde: no deje perder la calle Boyacá, ni el atrio de la Candelaria.