Columnistas

Obama y los mitos de la democracia
Autor: David Roll
2 de Febrero de 2013


Con la posesi髇 de Obama nuevamente como Presidente de los Estados Unidos la semana pasada, se derrumbaron varios de los mitos que se han creado en torno a la democracia en general y a la norteamericana en espec韋ico.


Con la posesión de Obama nuevamente como Presidente de los Estados Unidos la semana pasada, se derrumbaron varios de los mitos que se han creado en torno a la democracia en general y a la norteamericana en específico. El del conflicto entre la democracia y la religión es el más significativo. La extensa oración que se hizo en medio del más generalizado respeto, en la que un Obama, muy defensor de la secularidad o independencia entre la Iglesia y el Estado, escuchaba concentrado y con los parpados hacia abajo (símbolo de devoción en casi todas las religiones), nos demuestra que los constitucionalistas que siguen viendo a la religión como un obstáculo para la democracia están equivocados. Puede que la división de poderes o la representación no hubieran surgido de las religiones, pero basta un mínimo conocimiento de la Biblia y del Corán para saber que las religiones fueron las que decantaron por siglos los valores del bien común, el respeto de los demás y el comportamiento correcto, de los cuales en el fondo depende que las democracias puedan funcionar hoy en día en medio de tantos obstáculos, contradicciones y frustraciones de su aún imperfecto sistema de jerarquías y mecanismos de autocontrol.


El segundo mito es el de que la democracia es compatible con algún tipo de discriminación. Ni el país más poderoso del mundo, que es uno de los fundadores del sistema democrático y se ufana con razón de ser una democracia ejemplar, aún en medio de sus contradicciones (sobre todo en el plano internacional) puede darse el lujo hoy de declararse democrático y discriminador al mismo tiempo. Y esto quedó demostrado porque este presidente, perteneciente a varias minorías discriminadas en este país (raza negra, familia humilde, hijo de extranjero) pudo posesionarse por segunda vez y no fue una estrella fugaz como algunos vaticinaban. Pero más llamativo en este sentido fue el discurso del presidente Obama, en el que dejó en claro que sin el respeto a la otra gran minoría discriminada, los gay, una democracia no puede llamarse tal, porque violaría el principio fundamental de los derechos universales inalienables. Seguirá habiendo discriminación contra éstas y otras minorías en ese país sin duda, pero quien vuelva a promover acciones discriminativas desde el Estado contra los gay, los emigrantes o algunas razas o grupos, y al mismo tiempo se diga un ferviente demócrata, causará en el futuro más risa que rabia.


El tercer mito que ha caído es el de que la democracia real no tiene nada que ver con el estudio de la democracia. Es decir, es falso que las teorizaciones que hacemos los politólogos y constitucionalistas en libros y salones de clase son meros ejercicios dialécticos sin incidencia en la realidad, y que el mundo está gobernado por petroleros y actores de Hollywood y no por ingenuos intelectuales. Basta leer el libro de Obama, “La Audacia de la Esperanza”, para entender que este señor es un profesor de derecho constitucional que terminó siendo presidente y aplicando en sus actos políticos sus conclusiones teóricas, sin dejar de ser el “animal político” que se requiere para llegar a ser la persona más poderosa del mundo hoy en día.


El último mito es que la democracia es previsible y ya no nos puede sorprender con nada. Falso. Hace 50 años e incluso 20, hubiera sido tildado de insensato el escritor o productor de cine que imaginara a Estados Unidos gobernado 8 años por un presidente de raza negra, que en su discurso de segunda posesión hablara sobre lo absurdo de la guerra permanente para defender la democracia, de la protección ambiental como un imperativo mayor que la defensa militar, de la obligación del Estado de garantizar la ayuda médica a todas las personas y de la defensa de los gay como una exigencia democrática ineludible. Por eso no es extraño que quienes tenemos más de 40 años y vimos el acto de juramento, nos sintiéramos viendo una película de ciencia ficción. ¿Qué más sorpresas de este tipo nos darán las democracias en las próximas décadas? Invito al lector a imaginarlas.


Profesor Titular Universidad Nacional de Colombia