Columnistas

Los huesos inconsolables
Autor: Dario Ruiz Gómez
28 de Enero de 2013


Hace algunos años escribí en esta columna sobre un texto de la antropóloga Clea Koff, “El lenguaje de los huesos”, resultado de sus investigaciones sobre las masacres en Rwanda, Bosnia, Croacia, Kosovo.


Hace algunos años escribí en esta columna sobre un texto de la antropóloga Clea Koff, “El lenguaje de los huesos”, resultado de sus investigaciones sobre las masacres en Rwanda, Bosnia, Croacia, Kosovo. Clea cita un antecedente de su estudio, “Los testigos de la tumba: el lenguaje de los huesos”, de Eric Stover y Cristhoper Joyce, sobre la identificación de los huesos de los desaparecidos durante la dictadura militar argentina. En Colombia esta tarea se ha limitado por parte de los forenses a descubrir el nombre del asesinado (a) y entregar los huesos a sus familias. Y “chao”, como se dice, porque no hay preguntas ni indagaciones sobre los culpables -solo en el caso de los paramilitares-  ni se profundiza en el impacto humano y social de estas tragedias. Ya que no se trata solamente de recuperar el nombre de una víctima sino de ahondar en el daño moral que contra el tejido social implica una masacre por parte de cualquier grupo armado. Hacerlo consiste en recuperar para la justicia su verdadera tarea civilizadora.


Esta politización de los huesos pone de presente los extremos a que se ha llegado para manipular la verdad y desconocer la dimensión y alcance de los hechos, de ocultar, caso de las Farc, algo ya sabido, la utilización de las masacres como estrategia de guerra, o de decir, contando con la complicidad de algunos funcionarios, que solamente existen las fosas de víctimas de los ‘paras’. Al reclamar que existe un conflicto armado, se hace indispensable el reconocer estos crímenes cometidos bajo la teoría de Lenin de ablandamiento de la población civil  mediante el terror. Como lo dice Clea Koff: “Comprendí que eliminar a las gentes de ciertas zonas permitía que otra gente tomara el control”. ¿No fue esto lo que hicieron en las tomas del Magdalena Medio, de Urabá, del Cauca y el resto del país? ¿No son el grupo insurrecto que mayor cantidad de desplazados ha causado?  Lo primero que debió proponer Santos al iniciar las conversaciones de paz y para humanizar el conflicto es el derecho de los ciudadanos a contar con un Tribunal de Honor capaz de juzgar estas atrocidades y de condenar a sus responsables.


Masacres, desplazamientos, es lo propio de conflictos planeados por grupos desalmados -recuérdese el holocausto de Sucre, Córdoba, donde unos y otros se han turnado para sus masacres-, que se justifican en odios inventados, en la supuesta redención de los explotados, en nacionalismos trasnochados, para cometer crímenes de lesa humanidad que deben ser  juzgados, tal como se continúa haciendo con los criminales de Croacia, Kosovo y Bosnia. Los huesos registran los hechos de la vida, los sufrimientos de los inmolados y por eso son un reclamo que exige la necesaria reparación a la familia agredida, a los miles de niños perdidos o reclutados, a los muertos por las minas antipersonal. ¿No es el desconocimiento del mal lo que ha hecho tan mediocre a nuestra literatura, a gran parte de nuestro periodismo, tan inexistente, a nuestro mal llamado pensamiento? ¿Lo que ha convertido la justicia en una parodia? ¿Lo que nos hace sospechar ante tan evidente vacío de civilización de que ni siquiera fuimos capaces de crear, históricamente, una sociedad? Como en el Caguán, las Farc no conceden lo que la justicia no les reclama. La paz se logra mediante la mutua condena de prácticas infames y reconociendo el derecho a juzgar a los criminales de guerra tal como lo consagra la justicia universal. Es lo que los inconsolables huesos de las víctimas reclaman.