Columnistas

¿Morir de miedo o de hambre?
Autor: Omaira Martínez Cardona
28 de Enero de 2013


Hace algunos años, antes de trabajar con la Unidad de Atención a Desplazados en Medellín, recibí una inducción en Soacha, la ciudad con mayor número de personas en situación de desplazamiento del país.


Hace algunos años, antes de trabajar con la Unidad de Atención a Desplazados en Medellín, recibí una inducción en Soacha, la ciudad con mayor número de personas en situación de desplazamiento del país. Allí, don Rafael, un campesino de 67 años que había huido de un municipio caucano con su esposa, me dijo en tono melancólico: “Ahora no sé qué es peor, si venirse a aguantar hambre a la ciudad o morirse de miedo en la tierrita”. Jamás olvidaré aquella frase que me dejó sin argumentos y que es la más exacta radiografía de la situación que vive el país y el gran dilema de abandono del campo y el hacinamiento en las ciudades. 


El desplazamiento por necesidad de supervivencia es heredado de las primeras civilizaciones nómadas que migraban explorando nuevos territorios en búsqueda de  recursos para alimentarse, pero el desplazamiento forzado por la violencia es uno de los productos de las confrontaciones ideológicas entre los pueblos supuestamente ya civilizados. Los dos generan gran parte de la crisis humanitaria tan desproporcionada que se vive hoy. La última cifra dada hace menos de un año por la agencia de las Naciones Unidas para los desplazados, Acnur, revela que en el mundo el promedio anual es de cuatro millones de personas, la gran mayoría cruzando fronteras entre países limítrofes como refugiados. 


Mientras en el mundo hay cerca de 43 millones de desplazados y Afganistán sigue liderando la lista de países con mayor número de población en situación de desplazamiento, Colombia ya no figura entre los primeros de tan deshonroso ranquin, pero sigue presentando cifras preocupantes por las características de lo que se ha denominado el desplazamiento intra-urbano, especialmente en ciudades como Medellín donde según los últimos informes de la Personería, en el último año más de 8.300 habitantes se habrían desplazado de los barrios de la ciudad. 


Es distinto migrar cruzando fronteras visibles y reales para pedir refugio en otro país, a huir de la propia tierra a la que se pertenece y se tienen apegos, y peor aún, cuando lo que se tiene que cruzar son fronteras invisibles e ilegales. Para decidir entre la necesidad de subsistencia o la integridad personal, la vida o la de la familia, no hay  muchas opciones y es una encrucijada para la que por supuesto no existen argumentos que justifiquen o faciliten una decisión que depende de muchas circunstancias y de la manera cómo cada quien asume su compromiso como ciudadano y como miembro de una familia, una sociedad y una nación. 


El miedo es una emoción y el hambre una condición que nos pueden llevar a sacar lo peor que como seres humanos tenemos. Ninguna de las dos debería ser transable ni servir como pretexto para aplastar la dignidad, que es lo mínimo que como personas nos queda y que sí se puede convertir en el argumento más poderoso para contener semejantes presiones. Que de dignidad no come ni vive nadie, es cierto, pero como condición y característica humana es una de las barreras más infranqueables que existen y que cuando se permite que otros la crucen, ya no hay muchas alternativas para volverla a edificar. Esa fue la mejor reflexión para que don Rafael decidiera retornar a su tierra, la que había cultivado toda su vida y de la que subsistió hasta el momento de su muerte apenas se anunciaba este nuevo año y él cumpliría 76. A él y a todos los que no han permitido que otros crucen esa barrera y han sobrevivido para compartir la experiencia, un reconocimiento a su valentía.