Columnistas

縈illonaria o mendiga?
Autor: Jorge Arango Mej韆
27 de Enero de 2013


La pregunta es aplicable, con toda propiedad, a Armenia, capital de mi tierra, la provincia perdida. Ese interrogante describe contrastes ostensibles, que es imposible ocultar. Veamos.

 


La pregunta es aplicable, con toda propiedad, a Armenia, capital de mi tierra, la provincia perdida. Ese interrogante describe contrastes ostensibles, que es imposible ocultar. Veamos.


Hay un programa de obras urbanas denominado “Ciudades Amables”. Según la propaganda, hará de Armenia un paraíso, y le costará al tesoro público aproximadamente 180 millones de dólares. Pero lo del edén es mentira: basta escarbar para descubrir la realidad. En este año, según la administración municipal, se invertirán 65.000 millones de pesos, sólo en la Avenida 19. ¿En qué se gastarán, si fue terminada hace más de 50 años y poco hay qué hacerle? La respuesta es fácil. En un solo paradero de buses, que un particular construiría con $200 millones, quienes manejan el erario derrocharán $1.300 millones. ¿En los bolsillos de quiénes caerá la diferencia? Ya hay tres construidos, que costaron casi $4.000 millones y que no sirven para nada. Solamente 20 de estos elefantes blancos permitirán tirar por la ventana $26.000 millones. Para hacer desaparecer los restantes $39.000 millones, algo idearán los ingeniosos contratistas, y los botarates que reparten el tesoro público como si fuera una piñata (¡pero los confites se los llevan ellos y dos o tres más!).


Millonaria también la ciudad donde centenares de casinos invitan a los incautos a hacerse ricos, semejante a Las Vegas pero de bahareque. Y donde los que menos tienen pueden empobrecerse más jugando chance.


La alcaldesa ordenó retirar un camello de bronce que había en la Avenida de los Camellos, y prometió reemplazarlo por una escultura relacionada con la historia de la región. No tendrá que forzar la imaginación para encontrarla: ¿Cuál mejor que el carriel?  Un Carriel gigantesco resume la historia vergonzosa del Quindío en los últimos treinta años. Y si le agrega un par de dados, el símbolo será perfecto. Y podrá hacerlo de oro. Así  conseguirá una ventaja adicional: despilfarrar miles de millones de la inalcanzable “Ciudad Amable”. ¡Y todos tan contentos, porque el fisco no tiene dolientes!


Sí, municipio riquísimo que, con la tasa de desempleo más alta de Colombia,  se da el lujo de importar un pintor de brocha gorda y pagarle más de $15 millones por pintar un viejo vagón de ferrocarril. ¿Cuántas decenas de millones botará en pintar la locomotora que está en la entrada norte de Armenia? Hay que firmar este otro contratico: hay bolsillos ávidos e insaciables que lo reclaman.


Pero mientras los sedicentes administradores del erario lo dilapidan, algunos de ellos piden limosna. Uno se ha inventado lo que él, con inigualable salero, llama la “guaduatón”. ¿Qué es este engendro? Los mismos que pretenden  arrojar a la basura más de 10 millones de dólares construyendo una plaza de mercado en pleno centro de la ciudad (que degradará los sectores aledaños al Palacio Municipal), imploran la caridad para que los dueños de predios rústicos regalen 1.900 guaduas, con las cuales se harán casetas para los vendedores callejeros que la alcaldesa espera convertir en electores de bolsillo, siervos de sus apetitos politiqueros. ¿Cuánto costarían esas guaduas? A $200,00 cada una, menos de $4 millones. ¡Es la ciudad mendiga!


Ciudad pordiosera que tiene la plaza de mercado descubierta más grande del mundo: millares de vendedores de todo lo habido y por haber. Donde se consigue desde una yuca hasta un electrodoméstico, pues la oferta incluye drogas heroicas, mercancías de contrabando y de otros orígenes peores, comidas, bebidas. En ese inmenso mercado no faltan rateros ni prostitutas. Ni el desorden, la suciedad, los malos olores, y la constante amenaza a quienes se aventuren a transitar por esa antesala del paraíso prometido, verdadero infierno.


Ciudad opulenta que bota miles de millones de pesos, ampliando los andenes para entregárselos a los nuevos dueños del espacio público, y angostando las calzadas: todo, para hacer más difícil (casi imposible) el tránsito de vehículos y de personas.


Y peor será el futuro, cuando termine la pesadilla de esta orgía de corrupción, improvisación y desgobierno. ¿Cuánto habrá que invertir para reparar los daños causados? Y si la justicia llegare a castigar a los delincuentes (¡y el día esté cercano!), se hará justicia, pero no se remediarán los perjuicios sufridos por toda la población.