Columnistas

Francia y su guerra en el Sahel
Autor: José E. Mosquera
25 de Enero de 2013


El conflicto en el norte de Malí es un rompecabezas complicado de descifrar por la diversidad de grupos islamistas y árabes con intereses económicos, políticos, tribales, religiosos y estratégicos diversos.


El conflicto en el norte de Malí es un rompecabezas complicado de descifrar por la diversidad de grupos islamistas y árabes con intereses económicos,  políticos, tribales, religiosos y estratégicos diversos. Un conflicto que tiene raíces milenarias y que ha evolucionado con la expansión de las prácticas e interpretaciones del Islam y con las apariciones de nuevos actores en el Sahel. 


No es la primera vez que el fundamentalismo islámico se abre paso en el norte de Malí;  la islamización no es un elemento nuevo, sino un fenómeno que data de hace varios siglos. Tampoco son nuevas las luchas y las rivalidades tribales por el dominio de las rutas comerciales, el contrabando, el tráfico de armas, las disputas por los recursos naturales y los repartos del poder. 


Malí fue cuna de tres grandes imperios, punto de confluencia de pueblos y culturas que configuraron un legado histórico de riqueza, esplendor comercial, religioso y cultural. Además fue uno de los centros de poder y de conflictos más grande de África.


En Malí “cada etnia ha ejercido el poder sobre otras dependiendo de la época, se han entremezclado desde hace varios siglos y enfrentado entre sí, han formado alianzas y se han esclavizado entre ellas y a la vez se han unidos en la yihad en diferentes períodos históricos”.


Fenómenos clave para comprender las causas del actual conflicto y sus repercusiones en el mundo islámico, especialmente en el Sahel. Porque lo que pasa en Malí tiene profundas incidencias en el Sahel. Una de las regiones  más ricas y conflictivas de África, pero  a la vez una de las más deprimidas, diezmadas por las sequías y el hambre y con uno de los índices de pobreza más altos del mundo. 


Una franja de 3’053.200 kilómetros cuadrados que va del Atlántico hasta el Índico y que comprende territorios de once países. Una zona preponderante por la importancia geopolítica y geoestratégica que tienen sus rutas entre el África norte y la Subsahariana, entre el golfo de Guinea y el Norte; entre el Mediterráneo y el África Subsahariana y entre el Atlántico y el Índico, al igual que por sus enormes riquezas mineras y energéticas. 


Riquezas que no han servido para mejorar los niveles de desarrollo locales, sino para generar más violencia por las concesiones de explotaciones de los recursos naturales, leoninas para los intereses locales y con grandes beneficios económicos para reducidos círculos de las élites locales y las empresas extranjeras.  


Este es uno de los aspectos más polémicos que se tratan de ocultar tras la cortina de las luchas contra el terrorismo, en una región mayoritariamente musulmana y estratégica desde la perspectiva económica, política y militar para grupos islamistas y árabes. Por eso se ha convertido en uno de los santuarios de los grupos islamistas radicales y las células de Al Qaeda en África. 


Para Francia la guerra en el Sahel es un problema de seguridad nacional, dado que importa de Níger el 40% del uranio que emplea su industria nuclear. Su producción energética depende en gran medida de lo que pase con las c0ncesiones de uranio que tiene la multinacional Areva en el Sahel. En el norte de Malí existen reservas probadas de uranio, petróleo y gas, al igual que en otros países del Sahel y que Francia tiene en la mira.


Areva es la joya de la corona de la economía francesa, líder mundial en la producción de energía nuclear y parte esencial de su política exterior. Un conglomerado con presencia en 40 países y con millonarios contratos de construcción de 480 nuevas centrales nucleares alrededor del mundo.