Editorial

La ‘confesión’ de Armstrong
20 de Enero de 2013


Hay una línea muy delgada y aun no definida entre lo lícito y lo ilícito en el uso de ciertos medicamentos y la historia del deporte moderno muestra cómo se pasa fácilmente de la tolerancia total a la represión más severa.

 


Henos aquí ante el nuevo capítulo del novelón acerca del derrumbe del hasta hace poco máximo ídolo del ciclismo estadounidense, Lance Armstrong. Un apetitoso bocado para el ávido ‘show business’ fue el hecho de que un deportista de élite, que durante más de una década negó categóricamente haber usado sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento y ganar competencias a granel, resolviera confesar sus pecados y pedir perdón a quienes defraudó con su conducta desleal y antideportiva, empezando por sus cinco pequeños hijos. Los chismes de farándula dicen que Armstrong cobró varios millones de dólares por sus declaraciones, y que la señora Oprah Winfrey, por su parte, hizo un magnífico negocio con una entrevista que garantizaba una audiencia millonaria en todo el mundo y de paso le servía para levantar el alicaído rating de su canal de televisión OWN.


Sea de ello lo que fuere, hay que reconocer que periodísticamente fue una buena entrevista, aunque exageran quienes la comparan con la que dio Richard Nixon al periodista David Frost o la que concedió la Princesa Diana a Martin Bashir en 1995, cargadas ambas de revelaciones sorprendentes. Aquí no hubo tal cosa y debieron quedar defraudados quienes esperaban que prendiera el ventilador para inculpar al equipo, a sus entrenadores, al personal médico, a la UCI o a sus colegas. “Toda la culpa es mía”, admitió. Pero enseguida dijo algo que sonó a justificación: “Detrás de eso había muchas razones: los aficionados, los medios, me perdí en todo eso. No inventé esa cultura, porque muchos lo hacían, pero no hice lo posible por detenerla”.


Confesó que su coctel preferido era la EPO (eritropoyetina, una substancia que aumenta los eritrocitos en sangre, consiguiendo con ello que los músculos dispongan de más oxígeno), la testosterona y las autotransfusiones sanguíneas. Todo eso lo había revelado, con lujo de detalles, la investigación de la Agencia Antidopaje de los Estados Unidos -Usada-, con base en la cual, en agosto del año pasado, lo sancionó de por vida y le anuló todas sus victorias desde 1998 hasta 2005, sanción que le fue ratificada en octubre por la Unión Ciclística Internacional.


¿Cómo es posible -nos preguntábamos en octubre- que un ciclista de esa talla pudiera dar negativo en centenares de pruebas antidopaje y que, en cambio, Floyd Landis, su compatriota, ganador del Tour de 2006, fuera casi inmediatamente despojado del título por ese motivo? Lo que ahora reafirma Armstrong y que ya lo había revelado la aludida investigación, es que la sofisticación de los métodos para burlar los controles antidoping iba a la par con la negligencia, la incuria y la muy probable corrupción de quienes estaban a cargo de esa tarea. El defenestrado campeón dice sin tapujos: “No hubiera podido ganar siete Tours de Francia sin la ayuda de esas sustancias, no en la generación que me tocó, no contra los rivales que tuve”, y agrega: “Los cinco que no se doparon en esos Tours de Francia fueron unos héroes”. Por lo visto, a su paisano Landis le tocó bailar con la más fea, cuando ya el mayor escándalo en la historia del ciclismo mundial comenzaba a destaparse.


El drama personal y familiar de Armstrong, dramáticamente reflejado en la segunda parte de la entrevista, nos recuerda los que vivieron aquí nuestros campeones Santiago Botero y María Luisa Calle, en sus casos, injustamente, por infundadas acusaciones de doping. Después de arduos procesos, el primero pudo demostrar que sus mayores niveles de testosterona eran endógenos, es decir, propios de su organismo, y no inducidos mediante substancias prohibidas. Y a la segunda le tuvieron que devolver su presea de bronce en los Olímpicos de Atenas 2004, tras comprobar que el medicamento que recibió de su médico no constituía dopaje.


Hay, pues, una línea muy delgada y aun no definida entre lo lícito y lo ilícito en el uso de ciertos medicamentos y la historia del deporte moderno muestra cómo se pasa fácilmente de la tolerancia total a la represión más severa. Y a raíz del caso Armstrong se está llegando a extremos, como la última medida de la UCI de abrir una línea telefónica confidencial, 24 horas al día, para que los ciclistas profesionales delaten a sus colegas. ¡Vaya peligrosa cacería de brujas la que están montando!