Columnistas

Anatom韆 de un bur骳rata
Autor: Sergio De La Torre
20 de Enero de 2013


La OEA definitivamente es un rey de burlas, de quien todos se mofan y nadie respeta. No existe en el planeta un organismo, de su clase, tan repudiado por lo costoso e inocuo.


La OEA definitivamente es un rey de burlas, de quien todos se mofan y nadie respeta. No existe en el planeta un organismo,  de su clase, tan repudiado por lo costoso e inocuo. Tanto que hasta entidades recién aparecidas en América Latina, con menor alcance y jurisdicción, que abarcan menos países y son menos aparatosas (el Alba, por ejemplo) hoy resultan ser más oídas y acatadas en sus directrices y orientaciones. Su peso es mayor, así no congreguen sino seis o siete países. Tal el caso de Unasur, también.


La OEA lo único que tiene para mostrar es su elegante sede en Nueva York y unos estatutos que no se cumplen, como la rimbombante y meramente decorativa Carta Democrática, que prevé sanciones para aquellos gobiernos que , apartándose de ella, violan los principios democráticos comúnmente aceptados. Sanciones que en la práctica solo se aplican a los Estados más débiles, menos boyantes, como Honduras y Paraguay. También  ostenta la OEA una burocracia abultada e inútil, a cuya cabeza está el inefable señor Insulza, célebre ya por su inepcia y pusilanimidad. ¿Cabría esperar algo  importante de un funcionario, solemne y pomposo sí, pero  elusivo y medroso en exceso, atento siempre a no contrariar a los demás (sobre todo a los más ricos, que son los que financian  la OEA), para conservar su  jugosa chanfaina? El hombre, no cabe duda, debió haber llegado a tan alta posición gracias a su calva venerable, sus maneras ceremoniosas, envolventes, y ese abdomen redondo  propio de los cardenales italianos, conocidos por su glotonería furtiva y la cautela en el obrar. Por supuesto, él es chileno, como casi todos los burócratas superiores en la OEA y la ONU. Lagartos internacionales, bilingües y bien remunerados, provenientes del Cono Sur, donde abunda la especie


A Insulza le pasó lo mismo que a su antecesor, el doctor César Gaviria. Ambos fueron víctimas de Chávez, que los insultó ante la faz del mundo siendo huéspedes suyos, e hizo mofa de ellos. Como no reaccionaron ni con la entereza mínima que se espera de dignatarios tan vistosos, a partir de ahí quedaron condenados al silencio y la vergüenza, en lo que restaba o resta de sus períodos. Recuerdo bien cuando nuestro ilustre ex presidente (a quien todos respetamos por todo otro concepto), acantonado en Caracas para vigilar el referendo que cambió la Constitución a favor del coronel, fue apostrofado por éste desde su acostumbrada tribuna televisiva, como si se tratara de un intruso cualquiera, solo porque aquél osó preguntar algo sobre el escrutinio, que a ojos vistas estaba siendo amañado en la ocasión. El Secretario enmudeció de inmediato, se guardó sus objeciones y procedió a convalidar el resultado que convenía al anfitrión, antes de tomar el vuelo de regreso, con el rabo entre las piernas. Actitud que a todos extrañó, tanto más cuanto que a su encumbrado rango añadía la condición de ex gobernante de un país vecino. Igual suerte corrió, el mismo día, el ex presidente norteamericano Carter, ese sí conocido en el mundo por su crónica y peligrosa ingenuidad, rayana en la bobería.


A los gritos y a las patadas consiguió pues Venezuela silenciar a Insulza y convertirlo en borrego suyo, que no abre la boca sino  para legitimar los continuos atropellos que allí se cometen contra el orden institucional, mientras se entromete, sin tapujos, en las decisiones soberanas que válidamente adoptan naciones sin petrodólares, o sin protector que las escude, como Paraguay y Honduras.  Hoy por hoy, nada más parecido a la OEA, en lo paquidérmica, sobrante, tortuosa y farisea, que su propio secretario.