Columnistas

Utop韆s y democracia
Autor: David Roll
19 de Enero de 2013


Lo que esperamos de la democracia no ha sido siempre igual.

 


Lo que esperamos de la democracia no ha sido siempre igual. McPherson  nos dice que al principio de la democracia sólo se esperaba protección de los hombres entre ellos y frente al Estado, y que sólo fue hasta 1845 cuando Stuart Mill planteó que la democracia tenía como objetivo mejorar la sociedad e incluso el ser humano. 


Esta idea rigió hasta mediados del siglo XX, cuando Schumpeter denunció esta idealista concepción y dijo que las democracias son simples equilibrios de competencia sin pretensiones morales. Es decir que la democracia es un concurso entre políticos autoelegidos como tales, para que uno de ellos gobierne cuando gana las elecciones ofreciéndoles un producto a los votantes. 


Esta idea entró en crisis en mayo de 1968, cuando los parisinos salieron a las calles con libros de Marcuse en las manos a exigir “la imaginación al poder”, esto es, a pedir que se inventara un método mejor que la simple representación por votación para elegir gobiernos.


Fue el comienzo de todo lo que hoy se conoce como democracia participativa, o sea que la democracia no debe ser sólo votar y dejar que otros decidan, sino participar activamente en las decisiones mediante movimientos sociales, referendos y otras acciones colectivas. Hoy el movimiento de ‘los Indignados’ parece estar exigiendo algo parecido, pero su poder político no se ha visto en las elecciones hasta el momento. 


La cuestión es que la democracia soñada es por supuesto una utopía, pero justamente mirar en esa dirección es lo que hace posible su perfeccionamiento. Sin un pensamiento utópico, dice mi hija de 13 años, a pesar de las decepciones sobre sus resultados, no hubiera sido posible la regulación de los derechos de los trabajadores, ni los avances en reconocimiento de igualdad a las mujeres, ni el retroceso en la discriminación racial o los fundamentos de la actual aunque inestable paz mundial. 


La utopía de la democracia perfecta es inalcanzable, porque además sería la anarquía absoluta, pero es fundamental hacer balances permanentes para reconocer que por sus frutos resulta indudable que se avanza en esa dirección.


En el caso colombiano a veces damos tres pasos adelante y dos atrás y otras avanzamos dos y retrocedemos cuatro. Pero ¿qué duda cabe que el balance es positivo desde 1991 hasta ahora?  Positivo matemáticamente, pero muy decepcionante en muchos aspectos. La pregunta es si debe renunciarse a la utopía por este motivo o mejor que esto enfocarse en la utopía para avanzar unos centímetros.


*Profesor Titular Universidad Nacional de Colombia