Columnistas

Venezuela y Bogotá
Autor: Iván Garzón Vallejo
18 de Enero de 2013


Curiosa lógica aquella que sirve al mismo tiempo para justificar las picardías de los amigos ideológicos y cuestionar las de los enemigos políticos.

Curiosa lógica aquella que sirve al mismo tiempo para justificar las picardías de los amigos ideológicos y cuestionar las de los enemigos políticos. La lección la enseñó Platón hablando sobre la justicia cuando le reprochaba a Polemarco y Simónides su concepto según el cual la justicia consistía en beneficiar a los amigos y perjudicar a los enemigos. Tal comportamiento podríamos calificarlo hoy como amiguismo, favoritismo, clientelismo o, sencillamente, corrupción. No se trata de un acto exclusivo de la voluntad, pues se prepara en la mente, incluso, como dicen los judíos, en el corazón, que es el lugar donde las virtudes y los vicios echan raíces. 


Pues bien, en estos días hemos visto dos episodios, en el país vecino y en la capital del país, que evidencian que el razonamiento político puede llegar a ser  bastante acomodaticio e injusto. Me explico.


Cuando en Honduras y en Paraguay los presidentes Zelaya y Lugo fueron retirados del poder mediante procedimientos legales e institucionales, los áulicos del socialismo bolivariano pusieron el grito en el cielo y hablaron de “golpe de Estado”, “desinstitucionalización” y “atentados contra la Democracia”, así con mayúsculas. La algarabía socialista promovida por Chávez dejó claro que la izquierda latinoamericana tenía el poder de alcanzar consensos en organismos como Unasur o mayorías en la OEA para legitimar sus posiciones. Algo similar ocurrió en 2007 tras el bombardeo del ejército colombiano al campamento de ‘Raúl Reyes’ en Ecuador. 


Hoy, la situación que padece Venezuela le inspira lástima a cualquiera que se identifique como demócrata. El presidente reelecto que debía posesionarse el 10 de enero no lo hizo, y para colmo, el Tribunal Supremo de Justicia le concedió “todo el tiempo que sea necesario para que se recupere”, y así, tome posesión cuando le plazca (o pueda). La posesión es un mero formalismo, dictaminaron los togados. Entretanto, el presidente ausente sigue gobernando desde la cama de un hospital cubano sin que nadie sepa a ciencia cierta cuál es realmente su estado de salud.


Más allá de la tragicomedia, desconsuela que en la región no haya habido algún organismo o líder político que alce su voz de protesta en nombre de las instituciones y de la democracia. Por el contrario, hemos visto un coro de aplausos que elogiaron lo sucedido el 10, y se sumaron a la veneración de un retrato. Afortunadamente, los nuevos mejores amigos de este altiplano se excusaron de asistir a la posesión del que no se posesionó. ¿Dónde quedaron los defensores de la democracia, la separación de poderes y la voluntad popular expresada en la Constitución? Entretanto, hoy reina en el continente un silencio irresponsable y cobarde.


Pero si allá llueve, por acá no escampa. Gustavo Petro cumplió un año en ‘el segundo cargo más importante del país’, gobernando mal, dedicado a tuitear, echar discursos y enviar mensajes simbólicos que sólo entienden sus incondicionales, preso de su ego y su falta de ejecutoria. Pero cuando alguien promueve la revocatoria de su mandato, todos dicen a una: “es una medida inconveniente”, “es muy pronto”, “le faltan tres años”, “él ya aprendió la lección”, “es una decisión costosa para la ciudad”, “ningún alcalde se ha caído (luego, es imposible que alguno se caiga)”, “es un reinsertado (luego el mensaje sería fatal para la guerrilla)”, etc.


¿Qué pasaría si quienes hicieran lo que les da la gana con la democracia y sus instituciones no fueran de izquierda? ¿Qué responsabilidad moral y política les cabe a quienes legitiman lo que está sucediendo en Bogotá y en Venezuela con un silencio pusilánime e irresponsable?


En fin, sólo seremos una sociedad políticamente seria el día que la democracia y las instituciones signifiquen lo mismo para todos.


Apostilla. Los domingos no volverán a ser iguales sin Juan Paz.