Columnistas

Preguntas y prop髎itos
Autor: Jorge Alberto Vel醩quez Betancur
17 de Enero de 2013


El cambio de a駉, antecedido por la alegr韆 y las luces de la Navidad, es tiempo de reflexi髇, de rendici髇 de cuentas ante el implacable juez de la conciencia, de enunciaci髇 de prop髎itos.

El cambio de año, antecedido por la alegría y las luces de la Navidad, es tiempo de reflexión, de rendición de cuentas ante el implacable juez de la conciencia, de enunciación de propósitos. Si una expresión pudiera sintetizar todo lo que ocurre en el alma humana en el instante mágico del cambio de año, esa sería la “renovación de las ilusiones”.


En la persecución de ilusiones se va la vida humana. Cada 31 de diciembre se repite la lista de las ilusiones personales, cuyo oren fluctúan al vaivén de las necesidades insatisfechas: salud, trabajo, vivienda, viajes, quizás la educación, un gran amor… Y a veces, como comodín, se piensa en las colectivas: la vida digna, la paz, la democracia, la justicia, la libertad, más difíciles de alcanzar, sobre todo si no se buscan como sociedad organizada y con la dirección y persistencia que merecen las grandes causas.


En este amanecer del nuevo año, antes de vernos sepultados por la rutina y las preocupaciones de enero, mes en el que hay muchos gastos y poco dinero, es necesario pensar en los propósitos que nos deben unir como sociedad y trabajar por ellos. Pero tales propósitos no deben surgir en el vacío ni por inercia. Es necesario preguntarnos por la realidad de las cosas (el estado de la cuestión) y por las capacidades para lograrlos: ¿En qué país vivimos?, ¿Cómo es nuestra sociedad?, ¿Cuáles son nuestros principios y qué hemos hecho en el pasado por ellos?, ¿Cuál es el modelo de Estado adecuado para el logro de los fines sociales acordados?


Salta a la vista que la sociedad tiene grandes problemas y que el modelo de Estado vigente no llena las expectativas de los grandes sectores sociales, porque está concebido para perpetuar la inequidad, la desigualdad y la injusticia, porque no defiende la vida ni garantiza ni la salud ni el trabajo ni la justicia, porque hizo de la educación un negocio, porque las fronteras le quedan grandes y la dignidad pequeña y porque se convirtió en sí mismo en una empresa de pocas familias, que lo trastocaron en el reino de la corrupción y del engaño.


Con este turbio panorama, debemos ponernos en pie para luchar por el país que puede ser, por el país que merecemos. Con una ventaja: El 2013 es un año de precampaña electoral, lo que significa que tenemos servida la oportunidad de materializar estas intenciones por la vía del voto. En los ciudadanos está que la próxima no sea una elección más, para que todo siga igual o peor. Porque no basta votar, hay que reivindicar el derecho a decidir.


Cada uno de los habitantes de este país debe ponerse en pie para luchar por su dignidad: como persona, como ciudadano, como usuario de servicios públicos, como contribuyente, y para avanzar en el logro de ese combustible de la transformación que es el espíritu crítico. Además, vinculado a la dignidad humana está el principio de la soberanía popular, consagrado en el texto constitucional. Los ciudadanos tenemos que recuperar la soberanía popular, perdida en los vericuetos del autoritarismo, la corrupción de las costumbres y el clientelismo político.


El 2013 es, también, el año del bicentenario de la primera independencia de Antioquia y dada la coyuntura del año preelectoral hay que hacer pedagogía del federalismo y ambientar una reforma constitucional por la vía constituyente, para lo cual es necesario crear las estructuras indicadas, con redes de apoyo vía internet.


Temas de discusión para la necesaria reforma hay suficientes: la democratización de la sociedad, el desmonte de los regímenes laboral y tributario, por injustos e ineficientes; la reforma del Congreso y de los partidos, con un Senado no mayor de cien miembros en representación de los ciudadanos y una Cámara con representación de las unidades territoriales, con capacidad de veto a las decisiones del Senado; una reforma al sistema penal que sin desconocer los derechos humanos de los delincuentes, no victimice a la sociedad que debe bajar la cabeza porque son irrisorias las condenas que se imponen a los culpables, eso sí, cuando logran ser identificados y capturados.


Está pendiente, igualmente, la recuperación del espíritu del régimen de transferencias de la Constitución de 1991 y descentralizar este Estado centralista y glotón, en aras de un claro equilibrio territorial.