Columnistas

El sol samario
Autor: Rodrigo Zuluaga
16 de Enero de 2013


En el gusto por ciertas ciudades colombianas suelo ser muy alternativo.

En el gusto por ciertas ciudades colombianas suelo ser muy alternativo. Por ejemplo, si me dicen Bogotá yo digo Medellín por razones obvias; si me dicen Cali yo digo Popayán, por aquello de la historia y el Patrimonio Cultural; si me dicen Pereira yo digo Manizales, por la cultura y las ferias; si me dicen Cúcuta, yo digo Bucaramanga por todo el pasado comunero. Y así, si me dicen Cartagena yo digo Santa Marta por varias razones, en especial por el sol samario:


Allí hay épocas del año en que las calles aparecen desoladas a las 6 p. m., pues las gentes están disfrutando el atardecer, un espectáculo que les regala a diario la naturaleza. Por eso a esas horas la playa y el malecón siempre están llenos de gente observando cómo la naturaleza transforma el sol en una esfera color naranja y ese mismo color cubre el cielo en derredor, en esa atmosfera cálida y  multicolor todos quedan hipnotizados por las bellezas de un atardecer imprevisto.


Muchos aprovechan para abrazarse, besarse y decirse secretos, es sin duda el romanticismo que produce el sol vespertino y es además el presagio de una noche que vendrá pletórica de sorpresas y llena de muchas  emociones.


Para los nativos, el atardecer de Santa Marta es algo muy espiritual, aunque estén en su casa, ellos saben que algo está sucediendo allá afuera y también saben que lo han visto por años, incluso algunos de ellos desde niños. Por eso es una invitación obligada a los visitantes de tiempo en tiempo.


Siempre hay un ambiente festivo cuando llega el atardecer, una sonrisa y una silenciosa paz se apodera de todos aquellos que a esa hora abandonan los trabajos y van a sus casas en busca del descanso. Y cuando se extingue la luz de ese sol, viene la noche y algunos descansan, mientras que turistas y enamorados se preparan para festejar al son de vallenatos, jazz y música caribeña.


Entonces no queda otra opción que visitar la ‘zona rosa’ samaria, las callecitas, el parque de los enamorados, los barcitos complacientes, los lugares del centro que son patrimonio cultural y siempre están a la orden de turistas y nativos que los quieran frecuentar.


Y así se disfruta de un bar, de un mostrador de comidas rápidas, de un restaurante, de una cafetería, de un sinnúmero de lugares acogedores. Porque Santa Marta a esa hora, a las 6 p. m., tiene una brisa y un paisaje extraordinario, el paisaje semioscuro del crepúsculo que invita al disfrute de la belleza, que invita al disfrute del pensar en el final de un camino y en el inicio de otro, el camino al paraíso, ese paraíso que todos añoramos desde niños sin saberlo.