Columnistas

Atenas sigue viva
Autor: Carlos Cadena Gaitán
14 de Enero de 2013


Durante un reciente viaje por Grecia pude comprobar que la situación allí no es exactamente como nos quieren hacer creer.

Durante un reciente viaje por Grecia pude comprobar que la situación allí no es exactamente como nos quieren hacer creer.


Desde hace cinco años, los grandes medios de comunicación occidentales nos vienen vendiendo la idea de un país fallido. Se habla de Atenas como una ciudad peligrosa, con permanentes brotes de anarquía en sus calles. Se generaliza a los griegos como personas corruptas y perezosas que solo buscan vivir gratuitamente de los servicios que provee el Estado. En algunas ocasiones, he llegado a escuchar que se culpe a Grecia por la crisis europea, y se sugiera la expulsión total de ese país del Euro, como solución mágica a los problemas de la Unión Europea.


Sin embargo, todos esos comentarios peligrosos ocultan realidades de un pueblo valioso. La crisis financiera que aqueja a este país tiene causas más allá de los impuestos que pagan (o no) los ciudadanos griegos. Para empezar, los coletazos de la crisis en Estados Unidos desde el 2008 todavía se sienten en el viejo continente. Es más, muchos expertos no dudan en insinuar que esa situación de asfixia político-económica responde a un control sistemático de otros gobiernos. En ese respecto, el catedrático español José Manuel Serrano escribió un interesante artículo en el periódico Alma Mater hace unos meses.


Más importante quizá, es la majestuosidad del legado griego a nuestro presente. Atenas guarda en todas sus esquinas recuerdos de miles de años de progreso humano y de desarrollo urbano. Desde el cerro de Lykavittos, se aprecia la magnitud de lo que fue la cuna de la civilización occidental. La vista desde la cima de esta montaña permite comprender la extensión de la primera gran ciudad estado de nuestra historia. Con un fondo marítimo abierto hacia el mediterráneo, se extiende una Atenas vigilada por la portentosa Acrópolis, y flanqueada por la antigua Ágora; plaza legendaria que era el centro político, artístico y de la vida pública en la ciudad.


En esa zona central de la Atenas clásica se lograron importantes avances urbanos. Luego de la segunda invasión de los persas, y a causa de la destrucción causada entonces, Atenas experimentó lo que pudo haber sido uno de los primeros grandes programas holísticos de renovación urbana. Bajo el liderazgo de Pericles (hace más de 2.400 años), se construyeron diversos templos y espacios públicos, entre ellos el Partenón -que hasta hoy-, todos visualizamos como la eterna marca de esta ciudad.


La Atenas clásica contaba con espacios para practicar deportes, con grandes teatros para las artes, mercados al aire libre y crucialmente, espacios de reunión y discusión para los ciudadanos. Estamos hablando de los mismos espacios donde nació la democracia, ese sistema de gobierno que todavía seguimos tratando de optimizar, veinticinco siglos después.


La Atenas actual también exhibe rasgos de modernidad. Tres líneas de metro de gran calidad se conectan con el tranvía inaugurado para los Olímpicos del 2004. Los edificios neoclásicos bien mantenidos conviven con galerías y hoteles para satisfacer todos los gustos. Entre el caos vehicular, paseos peatonales invaden diferentes zonas de la ciudad; desde las áreas comerciales rellenas de tiendas costosas, hasta el esplendoroso estadio de Panathinaikó, donde se celebraron los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896.


Atenas sigue viva. Con sus monumentos eternos y modernos, con sus legados intangibles nos sugiere que pocas veces logramos comprender las consecuencias que nuestras acciones tendrán para las generaciones futuras. Sin embargo, también nos recuerda lo efímero -del griego ephemeros, literalmente “que solo dura un día”- de nuestra existencia.