Columnistas

Porte de armas: un cambio cultural
Autor: Omaira Mart韓ez Cardona
14 de Enero de 2013


Est醤 vigentes las discusiones sobre la necesidad de incrementar las prohibiciones de porte de armas debido a los lamentables hechos ocurridos no solo en pa韘es como M閤ico, Guatemala y Colombia, sino tambi閚 en Estados Unidos

Están vigentes las discusiones sobre la necesidad de incrementar las prohibiciones de porte de armas debido a los lamentables hechos ocurridos no solo en países como México, Guatemala y Colombia, sino también en Estados Unidos, donde en el último año se vivieron tragedias por acciones violentas en las que las víctimas fueron menores. Según cifras de la Oficina Federal de Alcohol, Tabaco y Armas de fuego, anualmente mueren en ese país 30.000 personas con armas de fuego y en promedio ocho menores al día.


Persisten dudas sobre si la no portabilidad de un arma reduce el número de muertes, la tendencia es creer que sí y por supuesto que ayuda, pero no es la única ni la más efectiva opción. Históricamente las naciones han permitido el porte de armas por parte de civiles con el propósito de defenderse, pero escudarse en que las autoridades no son lo suficientemente efectivas o no tienen la capacidad para ejercer el deber constitucional en los autoproclamados estados democráticos de proteger el derecho a la vida de sus ciudadanos, no es excusa para que caigan balas del aire y precisamente para causar la muerte de los más indefensos.


Más que una decisión de porte o no, se trata de generar mecanismos para una  transformación cultural. La construcción de la identidad y de los rasgos que la caracterizan es un proceso evolutivo que está en permanente modificación y por eso, más que definir si la solución está en restringir el objeto que se usa para violentar a otro, el énfasis de cualquier política pública al respecto debe centrarse en el individuo y en la acción, analizar cuáles son las razones que  motivan a las personas a actuar irresponsable y violentamente y de esta manera  se podrán contener esas motivaciones y por consiguiente, prevenir y disminuir estas acciones.


Transformar un comportamiento es reeducar, trasladar el instinto agresivo hacia acciones menos violentas y más analíticas con las que sí se contribuya a exterminar estigmas como el del dinero y las armas como símbolo de poder, de fuerza o de celebración. La más potente arma transformadora del pensamiento y las acciones humanas está en la capacidad de comunicarse y dialogar para buscar salidas a situaciones de convivencia. Pensar antes de actuar y ponerse en los zapatos del otro no es nada distinto a practicar el valor fundamental del respeto. 


Una de las características que distingue a las personas y a los pueblos que han llegado a un nivel de madurez es la capacidad de reconocerse y de autocontrolar ciertos comportamientos heredados por tradiciones culturales que se practican pero no se entienden. La evidencia de que es más un tema cultural son los tan citados casos de Suiza, uno de los países  donde más armas de fuego existen en proporcionalidad al número de habitantes y considerado entre  los más seguros y menos violentos del mundo,  y Japón, que tiene en Tokio una de las urbes más pobladas y seguras donde sí está prohibido el comercio, la tenencia y el porte de armas de varios tipos.


Reeducarse es evolucionar, crear, coexistir y trascender, así se logra que aunque muchos tengan armas, jamás las usen y con el tiempo, ni siquiera sientan la necesidad de portarlas y mucho menos de comprarlas. Paulo Freire, uno de los grandes pedagogos de los últimos tiempos, decía que “existir” es un modo de vida de quien es capaz de transformar, de crear y de saberse relacionar con el resto del mundo, mientras que quien simplemente “vive” nunca reflexiona acerca de su propia existencia y  mucho menos sobre la de los demás.