Columnistas

La luz primera del verano
Autor: Dario Ruiz Gómez
7 de Enero de 2013


Podríamos decirnos a nosotros mismos, en un gesto de reconocimiento, tan escaso en estos días, que la llegada de los días del verano con su luz asombrosa, sus impensadas transparencias, nos ha arrastrado a sentir un optimismo


Podríamos decirnos a nosotros mismos, en un gesto de reconocimiento, tan escaso en estos días, que la llegada de los días del verano con su luz asombrosa, sus impensadas transparencias, nos ha arrastrado a sentir un optimismo que la violencia, los atascos del tráfico urbano, la inseguridad en las calles, había hecho desaparecer, por desgracia, de nuestro ánimo. No es que vaya a caer en esa especie de determinismo climatológico que pretende afirmar que, inevitablemente, los días del invierno con sus grandes chaparrones, su melancólica lluvia, conducen al pesimismo y al malhumor, ya que la grisura del ambiente se alía con el riesgo cotidiano para sumirnos en la tristeza y llevarnos a pensar que nada puede ser redimido.


Es la imagen del moho, de la humedad destilante, pero sabemos que esto no es cierto pues también los días grises tienen la particular poética del agua y sus espejos, el recuerdo de los montes perseguidos por la insania de los especuladores, la gota que rueda lentamente sobre el vidrio de la ventana de la vieja casa de nuestra infancia, suspendida entre el recuerdo y el olvido. Pobres, decimos, de quienes se privan de estos éxtasis, metidos en sus vehículos mientras desesperan detenidos por un tránsito vehicular ofuscado que los hará llegar tarde a casa.


El contraste de este impresentido derroche de luz con el gris del invierno nos ayuda a descubrir con el debido asombro la existencia de realidades diferentes que la misma luz crea bajo la atmósfera de las calles, en el perfil desconocido de los edificios y de las montañas y que viene a recordarnos que estas imágenes constituyen la verdadera memoria de la ciudad que nos habita. Por eso cuando leo las llamadas “nuevas historias de vida urbana”, áridas descripciones detalladas bajo estériles conceptos y fraseologías, me doy cuenta de que la luz, ese pleno aire que descubrieron los pintores como Monet y que señala Italo Calvino, es la que se hace necesario leer para descubrir la verdadera historia de las calles y de los barrios.


Le Corbusier le concede a la luz la medida que justifica a la arquitectura, el bruñido manto del crepúsculo sobre la fachada de casas y edificios, los espacios interiores que la luz cualifica en sus funciones. Esa luz vespertina, por ejemplo, donde las ciudades de hoy hacen parte de las ciudades de todas las épocas, donde la callejuela de barrio se incorpora a la genealogía de las callejuelas que describieron Cervantes o Dickens, García Márquez o Vasco Pratolini. Temporales, arreboles, lluvias que vienen a recordarnos que muros y estructuras de vidrio, de aluminio solo cobran realidad bajo su fuerza imaginaria.


Esta luz trae consigo el necesario contraste de lenguajes perdidos a causa de nuestra negligencia espiritual, el de la pureza, por ejemplo, cuando vivimos entre lenguajes y sentimientos traicionados o sea entre la contaminación moral propia de desajustadas costumbres y la fealdad agresiva de lo nuevo. La prístina luz viene a recordarnos que existe la armonía y que es necesario estimularla para oponerla a tanta ordinariez como la que nos rodea. El reclamo de Goethe al estar muriendo, “luz, quiero más luz”, viene a corroborar el canon de un ideal que solo busca mostrarnos frente a la fealdad y las tinieblas, la necesidad de la armonía. Es el alba de la ciudad bajo la fuerza de la luz que intimida al asesino, que desvía las balas, es, en la tarde el horizonte de un crepúsculo que nos abre el alma a la claridad de las estrellas.