Columnistas

Hablando de muertos famosos
Autor: Jorge Arango Mejía
6 de Enero de 2013


En el momento en que escribo (10 de la mañana del 4 de enero), es imposible predecir en qué terminará la enfermedad de Chávez: ¿le causará la muerte?; ¿recuperará la salud y volverá a Venezuela?

En el momento en que escribo (10 de la mañana del 4 de enero), es imposible predecir en qué terminará la enfermedad de Chávez: ¿le causará la muerte?; ¿recuperará la salud y volverá a Venezuela? Es un misterio que solamente dejará de serlo con  el paso del tiempo. Independientemente de cuál sea su desenlace, recuerda las circunstancias de las muertes de otros personajes importantes, si no para todo el mundo, sí para sus respectivas naciones. Basta un vistazo a la historia para encontrar casos interesantes, preguntas que acaso nunca tendrán respuesta. Veamos algunos.


El primero, el testamento de Lenin, creador de la Unión  Soviética. Antes y después de la Revolución de Octubre, León Trotsky  jugó un papel importante en el partido bolchevique. Organizó el Ejército Rojo que derrotó el Ejército Blanco del  almirante Kolchak y del general Denikin, y ganó la guerra civil que siguió a la revolución. Esto explica por qué en su testamento, que escribió en enero de 1923, Lenin se refería a él en estos términos: “…no se distingue únicamente por su gran capacidad. Personalmente, quizás sea el hombre más capaz del actual Comité Central.” Era la manera, propia de las dictaduras, de señalar un sucesor, de nombrarlo. En el mismo documento, se refería a Stalin en términos completamente diferentes: “El camarada Stalin, llegado a Secretario General, ha concentrado en sus manos un poder inmenso, y no estoy seguro de que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia”. ¿Por qué, al fallecer Lenin, el 21 de enero de 1924, Stalin se convirtió en su sucesor, a pesar de conocerse el testamento?  Sencillamente, porque éste desapareció: Stalin y su camarilla lo ocultaron, y así permaneció hasta 1956. En este año, después de la muerte de Stalin,  Nikita Kruschev lo mencionó explícitamente en el discurso en que denunció y condenó los crímenes de Stalin.


Dicho sea de paso, Trotsky, refugiado en México en enero de 1937, después de peregrinar por diferentes países, fue asesinado –en agosto de 1940-  por Ramón Mercader, un español agente de la NKVD, por orden de Stalin, quien lo había expulsado de la Unión Soviética a finales de 1929. ¿Qué habría pasado si el testamento se hubiera publicado oportunamente?


¿Quién no ha oído hablar de Juana la Loca, hija de Fernando e Isabel, los “reyes católicos”? La muerte de su esposo, “Felipe el Hermoso”, en Burgos en septiembre de 1506, originó un hecho insólito: la viuda resolvió trasladar su cadáver hasta Granada, para cumplir la última voluntad del fallecido. Durante ocho meses, una singular caravana, formada por nobles, frailes, soldados, y sirvientes de diversa condición, atravesó las llanuras de Castilla, a pesar de los rigores del invierno. Viajaban de noche, y la reina no se separaba ni un momento del féretro. ¿No es ésta una extraña historia, aun  sin tener en cuenta si Felipe había sido envenenado, como cuentan algunas leyendas?  Misterio, este último, que jamás se descubrirá.


Para terminar: ¿fue Napoleón, encarcelado por los ingleses en la isla de Santa Helena, envenenado con pequeñas dosis de arsénico? Cuando murió el Emperador, el 5 de mayo de 1821, su muerte se atribuyó, oficialmente, a un  cáncer del estómago. Pocos meses antes, él le había pedido a su médico personal, Antommarchi, que si fallecía le hiciera la autopsia, porque creía que lo estaban envenenando lentamente. El médico cumplió y, al parecer, dejó constancia de que nunca hubo tal cáncer, y que sí había señales inequívocas  de envenenamiento. La polémica, al más alto nivel, no acaba: ¿fue envenenado? Y si lo fue, ¿quién lo asesinó? ¿Un inglés o un francés? Predomina la versión de que el criminal fue un compatriota, pero hay versiones para todos los gustos. Un buen ejercicio será, no hallar la verdad, pero sí conocer las opiniones de los expertos,  que no se han puesto de acuerdo, aunque son más los que creen en el veneno.


Volviendo a Chávez, es evidente que ya hay, si no misterios, por lo menos confusión y preguntas: ¿ha muerto, como dicen algunos?; ¿ha perdido el presidente Santos su “nuevo mejor amigo”?; ¿influirá su muerte en el proceso de paz de Colombia?


Dígase lo que se quiera, Chávez se ha ganado un lugar en la historia: de la infamia para unos y del socialismo para otros.