Columnistas

Buitrago y su grito vagabundo
Autor: Rubén Darío Barrientos
3 de Enero de 2013


Cuando estaba por consumarse el 2012, seguíamos escuchando por doquier canciones de Guillermo Buitrago.

Cuando estaba por consumarse el 2012, seguíamos escuchando por doquier canciones de Guillermo Buitrago. Desde luego, “La víspera de año nuevo” sonaba y tronaba en los festejos finales de la caída del telón del calendario. Como dijo mi concuñado Gilberto: “Ese Buitrago cada vez está cantando mejor”. Y, ciertamente, a medida que pasan los años se siente más buena la música de este cienaguero. Nos encantaba de niños, nos fascinaba de jóvenes y enloquecemos y la bailamos de adultos. Por eso, con mucho tino, el periodista Ricardo Aricapa expresó en un ensayo que “Buitrago viene siendo ese hilo que une los diciembres de todas las edades”.


De estar vivo, Buitrago estaría a menos de 3 meses de cumplir 94 abriles. Parece inverosímil que este personaje hubiera fallecido apenas a los 29 años y que haya dejado un legado musical que superó el centenar de canciones. De su muerte, hay 4 versiones: la primera indica que se suicidó (acababa de tener menguas en la voz); una segunda especie apuntaba a que fue envenenado (pululaban sus enemigos envidiosos por sus meteóricos éxitos); la tercera hipótesis se inclinaba por una cirrosis (le fascinaba la parranda) y la cuarta hablaba de una tuberculosis. Esta última parece ser la verdad revelada de su deceso, porque el médico dejó constancia de que su vida se había detenido por una TBC bilateral.


Sus ojos azules y su cabello rubio delatan que su genética fuera del oriente antioqueño. En efecto, su padre Roberto Buitrago era oriundo de Marinilla (¡No falta un marinillo, en cualquier lugar o suceso!) y fue un acordeonero de la región que combinaba ese pasatiempo con ser pastor de ovejas y cabras. “Corazón”, como le motejaban en este municipio nuestro, se marchó para la costa atlántica vendiendo mercancía y terminó casado con una núbil mujer de Ciénaga. Tuvieron 4 hijos y uno de ellos fue Guillermo Buitrago, el mítico “Jilguero de la Sierra Nevada de Santa Marta”, el legendario hombre que vestía traje blanco impecable, de cejas pobladas, delgado, de notable estatura y que era todo un “tumba-locas” de la época.


Fue un genio de la música popular este Buitrago, que hasta fue mencionado por el Nobel García Márquez. Su gran mérito estribó en adicionarle al alegre acordeón vallenato la guitarra española. No menos trascendente fue el hecho de que internacionalizó el vallenato y les dio lustre a personajes de la valía de Rafael Escalona, Emiliano Zuleta, Abel Antonio Villa y Luis Pitre, quienes dejaron de seguir eclipsados merced al auge de Buitrago que les deparó destellos en tarimas y emisoras. Y como no falta el mosco en la sopa, apareció un impostor después de la muerte del Jilguero, confundiendo a la gente y haciéndose pasar como “Buitraguito”. Fue puesto en su sitio y quedó simplemente como un imitador.


Guillermo Buitrago, la voz imprescindible de siempre y el gigante de los diciembres, se casó con Lillia Gallardo (fallecida en 1995 en Barranquilla) y tuvo un hijo. Apenas cursó estudios primarios, pero ha trascendido como magister de la música popular. Ni hablar de “Dame tu mujer José”, “Grito Vagabundo” o “Qué criterio”, piezas todas llenas de contagio alegre y de admiración sin límites. Un diciembre sin Buitrago es como un año nuevo sin ilusiones y buenos deseos: vacío. Podría apostar que no ha nacido el que lo borre. ¿O me equivoco?