Columnistas

De la indignación a la resignación
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
3 de Enero de 2013


“La resignación es un suicidio cotidiano”. Honorato de Balzac.

“La resignación es un suicidio cotidiano”. Honorato de Balzac.


Si el 2011 fue el año de la indignación, el 2012 fue el de la resignación. 2012 ya hace parte de la historia y bien puede recibir el calificativo del año de la inercia. Atrás queda otro período de crisis (social, económica y política), que demostró la incompetencia de la política para tomar las decisiones que la sociedad requiere para salir adelante. Salvo la ratificación presidencial de Barack Obama en Estados Unidos, 2012 se fue sin aportar grandes liderazgos políticos.


En 2012 quedó claro que la crisis es la disculpa para poner en marcha el desmonte del Estado de bienestar. La austeridad como ideología priva a la gente de sus derechos poniendo como mampara el déficit fiscal. A su paso, lo que para los ciudadanos es un derecho, para los gobernantes y el capital es un negocio: la salud, la educación, la justicia. Como ya se hizo con la energía eléctrica, el gas, las telecomunicaciones, el transporte, las basuras. Agotado el mercado, las nuevas utilidades provienen de la privatización de lo público.


El modelo neoliberal aplicado en América Latina desde finales de los ochenta, tiene ahora como laboratorio el sur de Europa: Grecia, Portugal, Italia y España privatizan todos los sistemas públicos, atenazados por el FMI y el Banco Central Europeo. España es ahora un país con una economía de guerra.  Ronda la sensación general de desánimo, de pérdida de las ilusiones. Se ve en el saludo quejumbroso de comerciantes y trabajadores: “Aquí estamos, pero no sabemos hasta cuándo”; “Vamos a ver hasta cuándo aguantamos”. La crisis se ve en las vitrinas de los establecimientos cerrados, en la oferta inmensa de locales y viviendas para alquilar, en los avisos de la Cruz Roja en los bares informando sobre los horarios para la entrega de alimentos. Ahora, las organizaciones sociales y las universidades en vez de recoger juguetes para donar en navidad piden alimentos. En la calle y en los bares se ve la gente triste, sumida en la defensa de cada céntimo, mientras suben los servicios públicos, el transporte y la educación. Estamos ante una nación que perdió sus esperanzas y cuyos dirigentes políticos no dan respuestas claras, atenazados como están al gran capital.


España camina rápidamente por el carril de la derecha hacia el tercer mundo, del que creía haber salido con su ingreso a la Unión Europea. Así como impacta la dimensión de la crisis, asusta la resignación de la gente. Cada cual permanece callado, en espera de que le toque el turno. Se perdieron las ganas de luchar para cambiar el sistema, porque éste resiste atrincherado en las normas y en la represión policial. ¿Y qué les espera a los españoles? Lo que toca: más de lo mismo. La consolidación del bipartidismo, con dos partidos mayoritarios que cada vez se parecen más entre sí, alejados de la gente. El partido socialista está desdibujado y sin ideas, con dirigentes más preocupados por saber quién es el próximo candidato que por solucionar los problemas de la gente, como son el desempleo, la inestabilidad, la pérdida del derecho a la salud y el desalojo de las viviendas por parte de los mismos bancos que reciben dinero del Estado para evitarles la bancarrota.


A ello se suma un manejo político y sectario de la radio y la televisión públicas que han derivado en un regreso a los tiempos del no-do franquista. Hay un sesgo ideológico en las noticias, la imposición de un discurso oficial en el que los temas incómodos para el gobierno desaparecen de los informativos, no hay debate y se extrapolan los hechos del gobierno, al que se concede demasiado tiempo en la pantalla. Lo que también sucede aquí, sin dar más vueltas. Ante la incapacidad de cambiar la realidad, lo mejor es taparla, disimularla, como quien mete la basura debajo de la alfombra.


La resignación también es colombiana. No se explica cómo uno de los países más desiguales del mundo sea el más feliz. José Alvear Sanín, en artículo publicado el pasado jueves 27 de diciembre en este diario lo advierte: El país se acostumbró a no reaccionar ante las reformas inicuas: la tributaria de César Gaviria; la entrega de la salud pública a la especulación privada; las leyes laborales que extendieron la luz del sol hasta la medianoche; las pensionales, que hacen casi imposible la jubilación de los trabajadores (mientras se incrementan los ingresos astronómicos de unos 900 zánganos retirados del Congreso, la Judicatura y otras “dignidades”); la privatización y encarecimiento de los servicios domiciliarios; el establecimiento de más de ochenta exenciones que eliminan la progresividad y la justicia en el impuesto a la renta; las prebendas a las mineras; los contratos de estabilidad jurídica; la lenidad con el sector financiero, etc.” Dejamos hacer y dejamos pasar, como si no fuera con nosotros. Resignados, callados, sumisos, derrotados…