Editorial

Santa Laura, de Colombia
21 de Diciembre de 2012


Como cat髄icos, al igual que la inmensa mayor韆 de los colombianos, nos regocijamos con esta buena nueva, la mejor, sin duda, que nos pudo dar la Santa Madre Iglesia en estas v韘peras de Navidad.

Si a raíz de su beatificación por el Papa Juan Pablo II, el convento de la Madre Laura, en el barrio Belencito de Medellín, y la bella ciudad de Jericó, su patria chica, se convirtieron en lugares de peregrinación, ya podemos imaginarnos las romerías de católicos de todo el mundo, ahora que el Sumo Pontífice Benedicto XVI autoriza a la Congregación para la Causa de los Santos la promulgación del decreto que reconoce un segundo milagro bajo su intercesión, condición sine qua non para que la beata pudiera llegar a los altares como la primera Santa colombiana.


La Iglesia es sumamente estricta y se toma todo el tiempo necesario para conceder semejante dignidad a uno de sus hijos. La causa de la canonización de la Madre Laura comenzó en 1960. En el 63 fue nombrada Sierva de Dios y debieron transcurrir otros 28 años para que el Vaticano reconociera sus “virtudes heroicas” y la declarara Venerable. Doce años después, el 7 de julio de 2003, se promulgó el decreto aprobatorio de su primer milagro en una enferma terminal de cáncer, lo que dio paso a su beatificación el 24 de abril de 2004.


Aquel “hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino” (según el Drae) ocurrió en septiembre de 1994. La hermana Amparo González, misionera de la Congregación que fundara la nueva santa, decidió llevar a su madre Herminia González Trujillo al Convento de Belencito, tras un diagnóstico de cáncer de cuello uterino. “Mamá, le dijo, pídale a papá Dios por medio de la Madre Laura que no la deje sufrir, que se la lleve o que la cure”. La oración fue tan eficaz que a la señora le cesaron los sangrados constantes y los terribles dolores que la aquejaban y tres años después había desaparecido todo signo de tumor, según certificó el médico Carlos Enrique Restrepo y luego comprobaron los delegados del Colegio de Oncología de Roma.


La segunda curación extraordinaria, imposible de conseguir a través de la ciencia médica, fue precisamente en la persona del médico Carlos Eduardo Restrepo, anestesiólogo, subespecialista en dolor agudo y crítico, y quien se desempeña como jefe de la Unidad de alivio del dolor del Hospital Pablo Tobón Uribe. Él cuenta que desde los 13 años lo aquejaba una enfermedad del tejido conectivo, que se tradujo en una artritis reumatoidea, luego en lupus y más tarde en polimiositis refractaria. A raíz de una fiebre muy alta, el 13 de enero de 2005 le hicieron una endoscopia que mostró una infección provocada por una perforación en el esófago. “Si me realizaban una cirugía el pronóstico era muy delicado. Si no me la hacían, era una bomba de tiempo. Esa noche me despedí de mi familia. En ese momento le pedí a la Madre Laura que me ayudara a salir de ese trago tan amargo. ¿Por qué a ella? Yo creo que eso es un misterio. Me la imaginé como aparece en una estampita, que seguramente en algún momento yo había visto. Lo que sí me acuerdo es que le pedí con mucha tranquilidad. Dormí tranquilo después de mucho tiempo”. Al día siguiente comenzó una rápida e inexplicable recuperación y 15 días después, tras un nuevo examen, la perforación había desaparecido, sin una razón científica, y así lo avaló en junio pasado el equipo oficial de médicos para la Causa de los Santos.


Santa Laura, como habremos de llamarla dentro de unos meses, cuando se produzca la solemne ceremonia de canonización, fue una mujer entregada a la causa de los pobres y particularmente a la de los indígenas. Primero se hizo maestra normalista y trabajó en Medellín, Amalfi, Fredonia y Santo Domingo. Pero en 1914, con el apoyo del obispo de Santa Fe de Antioquia, fundó la Congregación de las Hermanas Misioneras de la Beata Virgen María Inmaculada y de Santa Catalina de Siena. Un detalle que pocos conocen es que su mamá, Dolores Upegui viuda de Montoya, hizo parte del grupo de siete pioneras, a las que llamó “las cabras del Divino Pastor”, que se internaron en las selvas de Urabá y el Sarare para llevar la palabra de Dios y con ella educación y salud a las comunidades indígenas.


Como católicos, al igual que la inmensa mayoría de los colombianos, nos regocijamos con esta buena nueva, la mejor, sin duda, que nos pudo dar la Santa Madre Iglesia en estas vísperas de Navidad.