Editorial

La encrucijada venezolana
19 de Diciembre de 2012


La oposición, apegada a la legalidad y sabedora de la dudosa imparcialidad de la autoridad electoral, nada podía hacer para revertir la situación, pero el Gobierno sí lo hizo y con el más absoluto descaro.

Para quienes hemos sido críticos de la dictadura constitucional que instauró hace 14 años en Venezuela el coronel Hugo Chávez y saludamos como un gran avance de la oposición, pese a la derrota, la copiosa votación obtenida por el candidato de oposición Henrique Capriles en las presidenciales del pasado 7 de octubre, resulta decepcionante el grave revés que sufrió la Mesa de Unidad Democrática en las elecciones regionales del pasado domingo.


En las cuentas de nadie, ni siquiera del oficialismo, figuraba que la MUD perdiera cuatro de sus siete gobernaciones y que los candidatos del Gobierno del Psuv arrasaran en 20 de los 23 estados. La derrota resulta lamentable para una oposición que venía en franco progreso desde las elecciones de 2005 y que, de haber logrado, como se esperaba, movilizar a esa gran masa de votantes de hace escasos dos meses, habría podido conquistar una docena de gobernaciones o, cuando menos, conservar sus baluartes tradicionales. Pero increíblemente perdió Zulia, el importante estado fronterizo con Colombia, que lideró durante ocho años; a Carabobo, que gobernó 14 años; y al otro grande de la frontera, el Táchira, en donde el triunfo opositor se daba por seguro, dado que fue el único estado en que Capriles le ganó a Chávez.


Lo único que le faltó al caudillo -convaleciente en La Habana de su cuarta operación de cáncer- para lograr la victoria perfecta, fue conquistar la Gobernación de Miranda, con su exvicepresidente Elías Jaua, quien perdió por escasa diferencia con el gobernador Capriles, candidato a la reelección. Para Capriles, sin embargo, el triunfo es agridulce, pues pese a obtener poco más del 50 % de la votación y a que los candidatos de la MUD conquistaron más votos que los oficialistas, tendrá que gobernar con mayoría adversa de ocho contra siete en el Consejo Legislativo del estado, después de haberlo hecho con holgado respaldo en el cuatrienio que termina. Esta aparente anomalía es posible por lo dispuesto en la Ley Orgánica de Procesos Electorales, de 2009, una de esas jugadas leguleyas de Chávez para golpear a los opositores y hacerse al control de los órganos de poder regional.


Un hecho que tiene sorprendidos a analistas y dirigentes de uno y otro bando es la alta abstención. Esta vez la participación fue del 54 %, y aunque no es comparable con las recientes presidenciales, donde participó casi el 80 % del electorado, sí con las regionales de 2008, en las que votó el 63 %. Los candidatos de la MUD en los 23 estados sumaron cerca de 3,7 millones de votos y, en promedio nacional, la alianza opositora perdió más del 40 % de los votos que cosechó con Capriles el pasado 7 de octubre. El pobre resultado deja también muchas dudas sobre el liderazgo nacional de Capriles, quien por cierto no nos despertó nunca mayor confianza, por ser representante de una poderosa familia caraqueña de conocido corte anti-colombiano.


La apatía de los venezolanos comenzó a notarse muy temprano y, según las crónicas, hasta el mediodía el ambiente era de bostezo en muchos sitios de votación, a diferencia de la agitación y las largas colas de octubre pasado. La oposición, apegada a la legalidad y sabedora de la dudosa imparcialidad de la autoridad electoral, nada podía hacer para revertir la situación, pero el Gobierno sí lo hizo y con el más absoluto descaro. El vicepresidente y designado sucesor, Nicolás Maduro, se jugó la carta ilegal de lanzar una proclama, a través de todos los medios controlados por el Estado, para que los “rojo-rojitos” dejaran la abulia y salieran a votar “por amor a Chávez”.


Ese abuso de poder, a juicio del editorialista de El Nacional, de Caracas, confirmó que las normas y la autoridad del Consejo Nacional Electoral “solo funcionan para la oposición sobre la cual caen multas y castigos de todo tipo”. Lo cierto es que la jugada un tanto desesperada del Gobierno le dio resultado, pues la baja votación castigó más fuertemente a la MUD, que era la más obligada a incrementar o mantener siquiera su fuerza electoral, convenciendo a partidarios e independientes de que en estos comicios se jugaba mucho más que unas cuantas gobernaciones o unas curules en un cuerpo colegiado regional. Ahora queda bastante maltrecha para enfrentar el muy posible reto de nuevas elecciones presidenciales, en caso de que Chávez no pueda asumir su tercer mandato, y también para afrontar con éxito las municipales de abril próximo.