Columnistas

Futboleras
Autor: Rodrigo Pareja
18 de Diciembre de 2012


El fútbol, el deporte más popular del mundo, ha estado en los últimos días por distintas circunstancias en el primer plano noticioso, no solo nacional sino internacional

El fútbol, el deporte más popular del mundo, ha estado en los últimos días por distintas circunstancias en el primer plano noticioso, no solo nacional sino internacional, lo que es ocasión propicia para hacer algunas referencias alrededor de su entorno y sus personajes.


Vale recordar algunos de los hechos puntuales que le han dado esa notoriedad: definición de los campeonatos en Argentina y Colombia; titulares diarios sobre la efectividad de los máximos goleadores en España; balón de oro en ciernes y presentación de planes que tienden a recuperar ese deporte para la familia, entre otros.


Al margen de lo anterior hay otro tema que pareciera no tener relación con el balompié: la trata o comercio de personas, definido como delito de lesa humanidad. Cuando se negocian jugadaqores desde los 13, 14 o 15 años y se escrituran – si vale el término – a determinada persona o equipo, ¿no se está incurriendo en una novedosa forma de esclavitud por parte de algunos avivatos?


Claro, con el beneplácito de los propios padres, quienes dan la impresión de asumir a plenitud el papel del personaje cantado por el poeta Luis Arce en su tango El pibe nos va a salvar, cuando canta: “Tengo un pibe que la pisa, que la amasa, que la gasta/ mucho más que una promesa ya es una realidad/ y con todo ese futuro no necesito laburo/ con el talento que tiene no tendré que trabajar”.


Además de la aquiescencia del iluso progenitor, esta práctica cuenta con la poderosa ayuda de aquellos que llaman “cometeros”, incluidos algunos del periodismo deportivo, encargados de inflar a las potenciales figuras con el aliciente de la comisión que genere el negocio.


Otro asunto relacionado con el fútbol es el lanzamiento de un programa encaminado dizque a recuperar ese deporte para la familia, y conseguir que ésta vuelva a los estadios de donde fue sacada hace años por los fanáticos que apenas  van allí a consumir droga y a establecer un campeonato de indecencia y peor vocabulario.


Si se busca el retorno de la paz a los estadios, habría que comenzar por convertir en responsables a algunos irresponsables que, con un micrófono en la mano, son los que encienden y atizan los ánimos que finalmente se desbordan cuando los resultados no corresponden a los deseos de quienes se llaman hinchas, y no son más que antisociales disfrazados con una camiseta de colores.


O no es incitación y mala leche, por ejemplo, decir al aire en un espacio de radio y televisión, “¿quién va a marcar al árbitro el domingo en Bogotá?”, como se oyó el pasado jueves, en algo que más que un interrogante periodístico es una ponzoña venenosa orientada desde ese momento a cuestionar el trabajo de un árbitro.


En países más adelantados que Colombia el aficionado va al estadio a ver fútbol y no a oír fútbol ni a que le expliquen, a los gritos y de malas maneras, lo que está viendo. Prohibir los radios en el estadio sería otra forma acertada de buscar que la paz y las familias retornen a esos escenarios, y de paso se eliminaría un factor altamente peligroso en la incitación insensata a unos desadaptados.


El fútbol en muchas partes del mundo – y Colombia no es la excepción – ha estado y está asociado a dineros de oscura procedencia, por lo que hacer claridad y mostrar un panorama diáfano y creíble sobre quiénes lo manejan, sería también algo saludable para recuperarlo de la crisis que padece.


El silencio, el ocultamiento y el misterio no contribuyen precisamente a la necesaria transparencia que debe existir en torno a equipos y dueños. Argumentar razones de seguridad para mantener en secreto quiénes son los dueños, de dónde provienen ellos y su dinero, no es razón valedera en este caso, y no hablamos solamente de la reciente adquisición del Medellín por parte de algunas personas.