Columnistas

El pragmatismo, enemigo de la calidad
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
6 de Diciembre de 2012


La época de evaluaciones finales en colegios y universidades es un buen momento para analizar algunos tópicos de la vida académica. La evaluación es uno de ellos.

La época de evaluaciones finales en colegios y universidades es un buen momento para analizar algunos tópicos de la vida académica. La evaluación es uno de ellos.


Independientemente de su rendimiento académico y de su compromiso con el proceso pedagógico, ahora los estudiantes no quieren perder una materia ni tener bajas calificaciones. Por eso, no sienten vergüenza para escribirles correos a sus profesores pidiendo que les pongan tal o cual nota o que les suban tantas décimas para no dañar su promedio o para no perder su beca.


Con el pacto o estatuto de Bolonia el mercado ingresó a la Universidad para imponer sus pautas, a fin de exigirle a la academia que forme profesionales a la medida de sus gustos y no de las necesidades de la sociedad. El mercado no quiere carreras de larga duración ni profesionales críticos; es mejor, si solo reciben un buen maquillaje, porque profesionales críticos y bien preparados pueden poner en jaque al sistema. El mercado le teme al gobierno de los filósofos, a la aristocracia del conocimiento. El pragmatismo y la flexibilidad se quieren destacar como nuevos paradigmas del quehacer académico.


La sociedad de consumo no le puede imponer sus criterios mercantilistas al sistema académico, porque esa sería la gota que derramaría la taza del caos moral. Ya tenemos suficientes malos ejemplos en la vida real, para que desde la academia le agreguemos más elementos al derrumbe moral de un país que hace rato tiene trastocada su escala de valores.


Con la promoción automática en el bachillerato, Colombia renunció a ser un país del primer mundo académico e investigativo. Esperemos que el populismo gubernamental, aquel que hace más caso a la forma que al fondo, el que pone más atención a los ranquin y a los premios, no les pida a las universidades la implantación de la promoción automática, porque las consecuencias sociales serían funestas. ¿Confiaría su vida, sus intereses y los de su familia a un profesional (médico, abogado, economista, contador, ingeniero, arquitecto, administrador, comunicador, publicista, psicólogo, teólogo, piloto, etc.) resultado de la promoción automática?


La convivencia social y la supervivencia de la especie humana –mientras el cambio climático nos deje permanecer vivos- dependen de la confianza en las personas y en las instituciones sociales y en que cada uno cumpla con sus deberes. La educación carga sobre sus hombres demasiadas responsabilidades, otorgadas por la sociedad a medida que ésta no tiene cómo más remediar sus vacíos y carencias. La sociedad confía en el sistema educativo porque, finalmente, cree en la idoneidad de sus procesos evaluativos.


La formación universitaria permite a los jóvenes encontrar criterios y formarse en principios y valores y esta obligación es irrenunciable: no depende de un discurso sino del ejemplo cotidiano. Los mismos estudiantes son duros al juzgar a los profesores que les toleran incumplimientos y faltas a sus compañeros, porque saben que toda transigencia es una amenaza, porque al final los buenos y los malos estudiantes saldrán a la vida profesional con el mismo título e idéntico respaldo de la Universidad. Y el desprestigio de unos, afectará a todos por igual, incluyendo a los profesores. Los mismos estudiantes que hoy piden les regalen una nota, quizás mañana agradezcan que alguna vez en su vida les hagan ver su propia incompetencia y que les llamen la atención a tiempo. 


La evaluación académica no puede ser pragmática. Tiene que ser seria, idónea, veraz, transparente e inflexible, como garantía de la responsabilidad social de colegios y universidades.