Columnistas

Huérfanos de padres vivos
Autor: Manuel Manrique Castro
5 de Diciembre de 2012


Una querida amiga que hace rato peina canas, tiene mucha juventud acumulada y se dedica a la educación hace 40 años, me contó de su visita a una institución educativa del Valle de Aburrá

Una querida amiga que hace rato peina canas, tiene mucha juventud acumulada y se dedica a la educación  hace  40 años,  me contó de su visita a una institución educativa del Valle de Aburrá donde encontró a una profesora que casi suplicante le pidió ayuda para mejorar la convivencia en el colegio. 


Buscando palabras para darle forma a su angustia le dijo: “Tenemos que hacer algo con tantos alumnos que son huérfanos de padres vivos”.  La frase retumbó como trueno porque la profesora expresaba una realidad tan dolorosa como cotidiana. Niños que aunque tienen padres, no cuentan con ellos o incluso, padres que compartiendo el mismo techo con sus hijos, los inician en el consumo de drogas o promueven que lleven consigo armas blancas porque “tienen que aprender a defenderse”.  Están también los frecuentes casos de papás que entran en conflicto con los docentes si reciben alguna observación sobre el comportamiento de sus hijos y sin mediar atenuante salen en su defensa como si eso fuera un acto de amor y cuidado.


En el mismo colegio donde se adelanta una iniciativa que con acierto promueven el Área Metropolitana y la Fundación Social, un muchacho de diez años, reproduciendo tal vez algo que vio en la calle, hizo un cartel dirigido a sus papás que decía: “Les pido, les ruego, les suplico… lleguen temprano” y contó que ambos suelen llegar a casa pasadas las 11 de la noche. 


Estas son sólo algunas de muchas situaciones semejantes, propias de los hogares de hoy, cuyas consecuencias viven las escuelas sin mayor posibilidad de incidir sobre ellas o con limitado conocimiento de esas nuevas dinámicas familiares que necesitamos descifrar mejor si queremos tener el panorama completo de los factores que determinan la calidad de la convivencia en las instituciones educativas. Adultos que ejercen la paternidad sin noción de lo que está en juego y que con la distorsión de que son amigos de sus hijos, creen cumplir con la delicada misión paterna.  Cuando son convocados para participar como integrantes de la comunidad educativa,  opinan con solvencia sobre los asuntos institucionales, mientras queda oculto y encerrado en la intimidad del hogar el goteo constante que, por medio del comportamiento de los niños, incide de manera directa en la calidad de la convivencia escolar.


La percepción pública y la atención de los medios de comunicación suelen estar concentradas en las instituciones educativas  y en el famoso bullying que, por reiterativo, está casi incorporado al lenguaje diario.  No se puede negar el deterioro en las relaciones humanas que afecta a muchas de nuestras escuelas, pero es cierto también que buena parte de lo que las golpea está directamente conectado con la trama familiar.


Mientras buena parte de la tarea pública está concentrada en el universo escolar, es poco lo adelantado en el ámbito familiar pese a su incidencia decisiva en la realidad de las instituciones educativas. Se requiere en primer lugar y cómo sólido punto de partida, buen conocimiento del nuevo y cambiante  mosaico de realidades familiares y, a partir de allí,  acción eficaz y sobre todo constante. Y, para complementar, la certeza de que, asegurando claridad en la estrategia, habrá coordinación en la labor de los diferentes sectores gubernamentales tan dados, cada quien, a hacer lo suyo con olvido frecuente de que la realidad no está organizada según la división estatal de funciones. Que no nos persiga la cruda sentencia de que tenemos hijos huérfanos de padres vivos.