Columnistas

Una mancha imborrable
Autor: Sergio De La Torre
2 de Diciembre de 2012


Abstraigámonos de sus convicciones religiosas, que tiene pleno derecho a profesar, como lo tienen los otros colombianos a profesar las suyas, cualesquiera que sean, o no lo sean, incluido el ateísmo, por supuesto.

Abstraigámonos de sus convicciones religiosas, que tiene pleno derecho a profesar, como lo tienen los otros colombianos a profesar las suyas, cualesquiera que sean, o no lo  sean, incluido el ateísmo, por supuesto. Abstraigámonos de su fe cantada, digo, más no tanto del empeño que a veces pone en propagarla e imponérsela a los demás, cual si de un cruzado sin espada se tratara. De Alejandro Ordóñez huelga decir que es un hombre limpio y honorable. No se conoce ningún reparo u objeción que comprometa su reputación, en cuanto a lo material se refiere, que es el criterio básico para valorar el comportamiento ético de los altos dignatarios estatales, en este ambiente que nos ronda, de codicia y corrupción, silencios y contubernios, compulsión desenfrenada por lucrarse rápido y al máximo de las ventajas y oportunidades que ofrece el servicio público, antes de que se agoten y extingan. No es frecuente dar con funcionarios de esa talla, que si bien ocasionalmente metan la pata, jamás meten la mano.


Tan mal andamos en punto a probidad, que nos causa extrañeza que el Procurador actual, o la Contralora Morelli (irrepetible si se la compara con sus antecesores,  sobre todo con el impresentable, cripto-borbónico delfín que la precedió) cumplan con su deber destapando desmanes e impropiedades en la Administración y sancionando a los responsables. Estábamos habituados a que aquí todo el que, aprovechándose de su investidura y funciones, quiere sobrepasarse, pueda hacerlo tranquilamente, sin que nada le ocurra en este clima de alegre impunidad que una vasta red de complicidades, cada vez más tupida, se encarga de esconder y fomentar.


Con la necesaria salvedad sobre Ordóñez atrás planteada, es menester agregar que la elección cumplida esta semana, y sus prolegómenos, son una mancha que el país no podrá lavarse en mucho tiempo. Por la reelección en sí misma, y el cruce de favores que supone, convalidado por el Senado al excusar los casi 40 impedimentos confesados, con la peregrina tesis, sostenida por su presidente, de que estos no restringen el derecho al voto. Lo son también, una mancha, por haber procedido a escoger sin que existiera terna completa, como lo ordena la normatividad respectiva. Y por haber adelantado la elección (que siempre se hace el 12 de diciembre) en dos semanas, ignorando groseramente la petición reiterada - casi una súplica - de la única dama postulada, para que se respetara la fecha acostumbrada. Y, en consecuencia, no haber podido oír a la señora López antes de la votación. Abundaron imposturas, afán y  ruindad. Fue una tarde casi tan sombría como aquella en que hace medio año se aprobara la tristemente célebre (por lo impúdica y espuria) reforma judicial que, por cuenta de la indignación popular, casi provoca una catástrofe institucional, con cierre del Congreso comprendido.


Y hablando de bochorno, es indecible el que experimentamos los liberales, atenidos siempre a los principios que guían nuestro credo (libre examen, Estado laico, libertad religiosa, respeto a las minorías de todo tipo o condición, etc.) de sólo ver a la bancada de nuestro partido, en bloque, sumándose al atropello contra la brillante y solitaria magistrada López (quien, a pesar de su origen conservador, resultó más liberal que dicha bancada entera), haciéndole eco al médico Barreras, incurso en sucesivo y triple transfuguismo, hasta ahora. Y acolitando un candidato que en lo ideológico es lo opuesto a los valores y principios arriba enunciados. Uno no puede menos que preguntarse, ¿qué tal que Luis Carlos Galán se despertara por un instante para ver desde su tumba lo que su esforzado y meritorio vástago hace con su legado glorioso, el mismo que le costara la vida?