Columnistas

Queja de pena y amor por Colombia
Autor: Iván Guzmán López
27 de Noviembre de 2012


Mi bella maestra de tercer año de primaria había llevado un mapa de Colombia a la clase.

Mi bella maestra de tercer año de primaria había llevado un mapa de Colombia a la clase. Entonces empezó a desplegar sus finos dedos por esa superficie corrugada que representa a nuestras cordilleras, extendiéndolas luego hasta a un espacio azul oscuro, matizado por brochazos blancuzcos. El espacio azul eran nuestros mares; los brochazos blancuzcos hacían referencia a las corrientes marinas. Luego empezó a moverse por las líneas de frontera, nombrando a nuestros vecinos. Sus nombres poco o nada decían a nuestros corazones, pero el sentido de patria empezaba a crecer con fuerza en ellos. Pero no nos contó que esa patria, que ahora con empeño nos invitaba a amar, ya era una patria mutilada; no quiso decirnos, tal vez para no inquietar nuestros corazones de párvulos, todavía ajenos al dolor, que Colombia ya era una nación desmembrada, y que en buena parte, ello se debía a la incapacidad de una clase política, dura con sus compatriotas pero históricamente genuflexa ante los intereses extranjeros.


No nos contó que en 1833, el señor Santos Michelena, a la sazón embajador de Venezuela en Colombia (de quien nuestro canciller Lino de Pombo dijo que le parecía “una persona muy seria”), trazó a su amaño los límites entre las dos naciones (la historia dice que jamás visitaron las zonas), quitándonos un 50% de los llanos Orientales y partiendo a la Guajira  en dos, arrebatándonos así el litoral sobre el hoy llamado Golfo de Venezuela. El despojo del territorio trajo consigo la pérdida de la plataforma submarina y el mar territorial.


Tampoco nos dijo que en 1907, luego de continuas agresiones e invasiones del Brasil, el señor Alfredo Vásquez Cobo firmó el tratado del 24 de abril, otorgando así a los brasileños todos los territorios arrebatados con anterioridad a Colombia. Ni que en 1916, el tratado con Ecuador permitió igual cosa que con Brasil; y que en 1924, Colombia y Panamá firmaron un tratado de límites que protocolizaba y legalizaba la pérdida de Panamá, promovida por los Estados Unidos, nuestro siempre “mejor amigo”. O que en 1932, Perú invadió por tercera vez territorio patrio, no contento con el tratado de 1922, que legalizaba la pérdida de parte de nuestro suelo. No nos dijo mi bella maestra, que en 1952 Colombia entregó cándidamente a Venezuela los 5 islotes de Los Monjes. Para entonces, el canciller Juan Uribe Holguín, dejando a un lado el concepto de expertos colombianos, envió una nota diplomática a Venezuela, que decía: “El gobierno de Colombia declara que no objeta la soberanía de los Estados Unidos de Venezuela sobre el archipiélago de Los Monjes y que, en consecuencia, no se opone ni tiene reclamación alguna que formular al ejercicio de la misma o a cualquier acto de dominio por parte de este país sobre el archipiélago en referencia”.


Seguramente mi maestra olvidó, y nuestros políticos y nuestras gentes olvidan, otros vergonzosos episodios. Tal vez la historia oficial misma, tan atrofiada, tan amiga de manteles y de satrapías, contribuye eficazmente a ello.


Ahora la débil diplomacia nicaragüense acaba de arrebatarnos el mar del archipiélago de San Andrés… y seguramente irán por más, ante La Corte de La Haya. ¿Hasta cuándo, atrincherados en la debilidad de carácter y en el “país de leyes” que pregonamos ser, nuestra clase política permitirá mordidas tan terribles a nuestra nación?  


Puntada final: Es lamentable que Almacenes Éxito, con ingresos operacionales a diciembre de 2011 de $ 8.7 billones y que a marzo de 2012 cuenta con 418 puntos de venta entre ellos hipermercados, supermercados, tiendas de descuento y tiendas especializadas, recurra a la invasión del espacio público, incluyendo contaminación auditiva, como ocurre hoy en San Ignacio, La Oriental y Colombia, por ejemplo, para promocionar venta de pescado, pollo (perecederos) y papel higiénico, entre otras cosas. ¿Dónde está la responsabilidad social y el aporte del Éxito a la ciudad, cuando los medellinenses clamamos a las autoridades locales por la defensa del espacio público?