Columnistas

Una locomotora inevitable
Autor: José Alvear Sanin
21 de Noviembre de 2012


El gobierno propone cuatro locomotoras para el desarrollo. Su favorita es la minera, por la rapidez con que genera divisas y por sus efectos cortoplacistas en la tesorería.

El gobierno propone cuatro locomotoras para el desarrollo. Su favorita es la minera, por la rapidez con que genera divisas y por sus efectos cortoplacistas en la tesorería.


El público es poco consciente de lo que el sector minero energético significa para la economía nacional. Nos están vendiendo la idea de que la locomotora minera va a propiciar un enorme crecimiento para el país, ignorando que a partir de 1991 avanza a toda máquina y que estamos viviendo de los ingresos derivados de las exportaciones de minerales e hidrocarburos. Más que locomotora, lo que tenemos en la gran minería es la piedra angular de la economía.


En la medida que se profundizan las reformas determinadas por el Consenso de Washington, el modelo privilegia la réplica acelerada de patrones de consumo primermundista en un país cada vez más desigual. El fantástico crecimiento del parque automotor (en número, altas gamas y rápida reposición), la frecuencia de los viajes exóticos, la multiplicación de lujosos malls, la especulación bursátil, el encarecimiento de los medicamentos, el consumo conspicuo y la vivienda suntuosa y el endeudamiento exagerado de los hogares, vienen con la globalización y cuestan lo suyo porque ese vistoso desarrollo hay que pagarlo.


Hasta hace veinte años, con exportaciones raquíticas de café, algo de manufacturas y petróleo, el país crecía de manera apreciable y por su propio esfuerzo.


Pues bien, a partir de 1991, el país se desindustrializó ampliamente, y, si se me permite decirlo así, también se desagrarizó. Se extranjerizaron en gran medida los servicios domiciliarios, así como muchas empresas industriales y comerciales de primera fila, mientras otras se cerraban por causa de la creciente “libertad” del comercio.


La celebración triunfalista del enorme crecimiento de las exportaciones enmascara una realidad preocupante. Para darse cuenta de la fragilidad de nuestra economía nada más aconsejable que dedicar algunas horas al análisis de la balanza de pagos, que semestralmente publica el Banco de la República.


Las enormes cifras del actual comercio exterior no significan, desafortunadamente, mejoría en las condiciones generales de vida, salvo para los sectores más pudientes. La mal disimulada ufanía de Semana porque Bogotá ya rivaliza en lujo, sofisticación y carestía con las principales ciudades del mundo oculta una situación alarmante, porque solo una aceleración de la locomotora minera puede asegurar el crecimiento de la economía consumista y apuntalar un fisco alérgico a la tributación progresiva.


En el primer semestre de 2012 exportamos, en millones de dólares, petróleo (US $ 15.763), carbón (US $ 4.229), oro no monetario (US $ 1.583), y ferroníquel (US $ 475).


En relación al primer semestre de 2011, el petróleo se incrementó en 19.9%; el carbón, 7.7%; el oro, 34%; y el ferroníquel, 45.5%. Frente a este dinámico sector, las exportaciones, verdaderamente colombianas, de café, apenas alcanzaron US $ 1.014 millones (-32.8%), y las industriales, US $5.308 millones (+1.2%).


Como las importaciones del país sumaron en el semestre US $26.435 millones, el lector advertirá la inevitable dependencia del sector minero, cuya dominación observaremos mejor cuando analicemos la balanza de pagos, la semana venidera, Deo volente.


Entretanto señalemos el placebo de los TLC, que se publicitan como el motor para incrementar espectacularmente las exportaciones industriales, porque esos tratados no inciden sobre el café y los minerales.


Teniendo en cuenta que las importaciones de bienes de consumo, del orden de US $5.000 millones, crecieron 14.3%, vale la pena recordar que las exportaciones de la industria colombiana apenas se incrementaron 1.2%, lo que indica la dinámica futura de los TLC, propicios a la importación de alimentos y bienes de consumo suntuario, pero incapaces de incrementar de manera apreciable las exportaciones de un país desindustrializado, que ya importa hasta café y róbalo de Vietnam.