Columnistas

Año escolar: otra ronda del fantasma (2)
Autor: Alejandro Garcia Gomez
21 de Noviembre de 2012


1974-1978. Con la misma prepotencia con la que el entonces el airado presidente López Michelsen no reajustó los sueldos del magisterio durante su gobierno porque los maestros hicieron un paro, con esa misma actitud condenó a una mayor mediocridad

1974-1978. Con la misma prepotencia con la que el entonces el airado presidente López Michelsen no reajustó los sueldos del magisterio durante su gobierno porque los maestros hicieron un paro, con esa misma actitud condenó a una mayor mediocridad –aún más de la que ya tenía- la calidad de la educación pública, cuando para acceder a otro préstamo, se sometió de manera humillante ante el FMI a convertir en doble jornada diaria de estudio la que había sido hasta entonces una sola en primaria y secundaria. Desde entonces, cada colegio se convirtió en dos y hasta en tres locaciones.


Las ciudades se habían agigantado con la proliferación de los descendientes de los desplazados de la primera Violencia y consecuencialmente la demanda educativa era mayor. La educación se había convertido en una obligada concesión del Frente Nacional –finalizado con Misael Pastrana en 1974- con los cada vez más amplios sectores urbanos de clase media y popular, que a su vez aportaron la mano de obra barata para desarrollar las cuatro estrategias del Plan Currie en el mandato de Misael. Con la doble jornada, López había duplicado la capacidad locativa y “ahorrado” un dineral de un solo plumazo. Gran jugada, porque sólo se trataba de la educación pública.


Desde entonces esta educación fue cayendo en una mayor mediocridad hasta dos culminantes momentos: el decreto de promoción automática en educación primaria del ministro de Ernesto Samper (1994-1998) Niño Díez y luego el de promoción automática en la secundaria (decreto 230/02), de finales del gobierno del fatuo Andrés Pastrana (1998-2002), sostenido luego por la persistente arrogancia de Álvaro Uribe (2002-2010) en manos de su ministra por los dos períodos, Cecilia Vélez, la misma que al final del mandato, después de que se dio cuenta de que su yerro había llevado a nuestra educación a los últimos puestos en el mundo, sólo mejor que la peor de los países más atrasados de África, trató de rectificar con el decreto 1290/09. La educación privada de las élites siempre encontró la manera de burlar, “a la descubierta”, el laxo 230 porque entendía que no existe otra manera de aprendizaje que la del esfuerzo personal y que éste sólo se logra formando personas responsables con su deber, que es estudiar con responsabilidad cuando son estudiantes.


Vinieron los años del narcotráfico. Después de clases, una gran cantidad de menores se quedarían solos en sus casas mientras sus padres trabajaban. Ese alejamiento padres- hijos, la soledad consecuencial, la nueva moral que sembró el narcotráfico, la laxitud del nuevo Código del Menor, luego la flexibilidad laboral del gobierno Uribe en donde parte de la noche se convirtió en día para el pago laboral, la masificación de medios masivos de comunicación tan persuasivos, como la televisión primero y el internet después –con el resto de inventos y redes sociales- llenaron esa soledad y todo, todo se juntó y hoy nos va quedando esta nueva sociedad y estos nuevos estudiantes que ahora, por lo menos, nos asombran.