Columnistas

¿Democracia?
Autor: José Alvear Sanin
14 de Noviembre de 2012


Después de las elecciones se levanta un coro intonso para celebrar el “triunfo de la democracia”, sea en Venezuela, sea en los Estados Unidos.

Después de las elecciones se levanta un coro intonso para celebrar el “triunfo de la democracia”, sea en Venezuela, sea en los Estados Unidos.


En el vecino país, el gobierno apeló a todos los estímulos imaginables para engatusar al electorado con dádivas, halagos, promesas (y también amenazas), con el fin de conservar el poder. En esa confrontación desigual, y además con el azaroso voto electrónico, se discutía el modelo económico y social del país, lo que indica su importancia.


En los Estados Unidos apenas estaban en juego curules y empleos, porque ambos partidos están comprometidos con un sistema político dirigido primordialmente por las industrias del armamento, la finanza y la farmacia, siempre amarteladas con los mass media, que en ese país disponen de un poderío aun más arrollador que entre nosotros.


En esas condiciones, el triunfo de un presidente protervo, por muy estrecho margen, sobre un rival al parecer más nocivo, difícilmente puede celebrarse como un triunfo de la democracia.


En los tiempos que corren, las elecciones favorecen a quien dispone de más dinero, pero para participar en ellas, todos los bandos requieren sumas ingentes; y para conseguirlas hay que comprometerse a fondo con los donantes. Desde ese sólido punto de vista, Mr. Romney, que recogió algo así como el doble de lo del incumbente, no sintió necesidad de ocultar su pensamiento.


¿Quién podría pensar que un candidato que prometía reducir aún más los impuestos para los más ricos y reversar la insuficiente reforma sanitaria de Mr. Obama, hubiera estado a punto de alcanzar la presidencia? Con otro billón de dólares la hubiera logrado, seguramente.


Las sumas de la campaña son alarmantes. Los gastos de ambos partidos alcanzaron unos US $ 6.000 millones, por encima de la mesa, porque la tenebrosa U.S. Supreme Court ya había eliminado los topes de contribución, tanto para los ciudadanos como para las corporations. Estas pueden ahora “invertir” sin límites en los candidatos que se comprometen con ellas y, además, deducir esas sumas de la renta gravable, ya bien reducida por las incontables exenciones que sus pupilos les decretan.


Los que lamentan la dominación monetaria en la política colombiana hacen mal extasiándose con la democracia del gran país del Norte.


En algunos Estados se celebran, además, consultas populares sobre docenas de propuestas, casi nunca pertinentes, porque la cómoda “democracia directa” permite que la decisión sobre temas bien delicados sea tomada por electores ignorantes, manipulables y cuyas mayorías son poco representativas. No olvidemos que en USA apenas concurrió, para presidencia, el 60% del electorado, y en las consultas, la abstención es abrumadora.


En California, por ejemplo, los votantes rechazaron la propuesta — esa sí atinada— de hacer obligatoria la información sobre los ingredientes transgénicos en los alimentos procesados. No es de extrañar esa decisión, porque Monsanto, Kellogg´s, General Mills, Du Pont y Bayer se unieron para invertir US $ 48 millones con el fin de obtener ese resultado, que como decisión del “constituyente primario” hará imposible que la Legislatura ordene luego esa conveniente información.