Columnistas

Caracol, el mercader del mal
Autor: Luis Fernando Múnera López
12 de Noviembre de 2012


Caracol Televisión expresa de una manera facilista que si olvidamos la historia estamos obligados a repetirla, pero no ha abierto ningún espacio público que permita analizar masivamente, de una forma rigurosa y sistemática, lo que allí se muestra.

Hace tres años  Alonso Salazar Jaramillo, a la sazón alcalde de Medellín, cedió los derechos de su libro “La parábola de Pablo” a Caracol Televisión para una serie televisiva sobre el capo. Desde entonces se temió que la telenovela se convirtiese en otra apología del delito.


El mal ya está hecho, gente que ha visto la serie “Escobar, el patrón del mal” hace de ella interpretaciones o lecturas diferentes y contradictorias. Algunos hemos visto allí una demostración del carácter criminal de Pablo Escobar Gaviria. Otros ven al capo como un héroe o al menos como un hombre tenaz y firme en sus propósitos y hasta lo justifican, lo defienden.


Esta segunda interpretación es muy grave y se da especialmente entre jóvenes de todas las clases sociales que no vivieron durante esa época. Algunos de ellos quisieran hoy emular la tenacidad de Escobar Gaviria como si fuera una virtud (que lo es si se pone al servicio del bien) y otros, que heredaron el negocio de la droga y la violencia de esa época, quieren seguir su camino.


“Escobar, el patrón del mal” ha resultado inoportuna, por decir lo menos, para la violencia que sufren Colombia y particularmente Medellín.


Caracol Televisión expresa de una manera facilista que si olvidamos la historia estamos obligados a repetirla, pero no ha abierto ningún espacio público que permita analizar masivamente, de una forma rigurosa y sistemática, lo que allí se muestra. Se ha dedicado solo al lucro económico.


Considero necesario que se hagan foros en los hogares, los colegios y universidades, los barrios, los medios de comunicación y donde sea pertinente, dirigidos por personas idóneas y bien informadas, para analizar y desentrañar la verdad de lo que se vivió en esa época y sus funestas consecuencias.


La serie presenta una visión general de esos hechos, pero carece de rigor histórico en muchos detalles. Así las cosas, al espectador no informado le queda imposible diferenciar entre la ficción y la realidad.


Es cierto que la serie presenta a Escobar con toda su maldad y cinismo al cometer sus crímenes. Sin embargo, al mismo tiempo, el libreto le ha permitido al personaje, a sus aliados y a su familia, justificar sus actos ante millones de espectadores pasivos y acusar al Gobierno y a la sociedad.


No hay duda de que ver al capo denigrar en la pantalla contra “ese gobierno corrupto” cala en la mente y en el ánimo de quienes tienen la percepción de la corrupción actual, pero no consiguen discernir más allá. Un espectador desprevenido o desinformado ¿cómo distingue entre lo bueno y lo malo, entre realidad y ficción?


La serie muestra a gobernantes, políticos, jueces y policías débiles, incompetentes, vacilantes y, en ocasiones, cómplices de los capos. Es cierto que también exalta a funcionarios, policías y magistrados honestos y valientes que se enfrentaron a las fuerzas criminales y llegaron a pagar por ello con su vida. Hay verdad en ambas visiones, pero ¿dónde está la frontera con el mito?


La serie destaca la actuación del director y de los periodistas de El Espectador, los únicos que denunciaron y combatieron de manera permanente y vertical al capo Escobar Gaviria y a sus secuaces. Y por ello pagaron un precio altísimo.


Protesto por la crudeza de las imágenes de violencia, de sangre y de sexo de la serie. No eran necesarias, se pudo utilizar otros recursos narrativos.


Como conclusión opino que esta serie ofrece una buena visión del conjunto y de los detalles principales de la historia. Igualmente, que la producción es de muy buena calidad, sin duda con un costo alto. Pero se queda a mitad del camino en la presentación del mensaje que pretende transmitir; no evalúa ni analiza los hechos con un criterio claro; mezcla ficción con realidad; deja abiertas muchas posibilidades de interpretación. Todos sabemos lo peligrosa que es una verdad a medias. O tragar entero sin masticar.