Columnistas

“No hay causa perdida”
Autor: Iván Garzón Vallejo
9 de Noviembre de 2012


Los buenos libros deben leerse despacio, no de un tirón. Al menos esa es la forma que tengo de disfrutarlos. Por eso, he tomado algunas semanas en leer las memorias del Presidente Álvaro Uribe, “No hay causa perdida”.

Los buenos libros deben leerse despacio, no de un tirón. Al menos esa es la forma que tengo de disfrutarlos. Por eso, he tomado algunas semanas en leer las memorias del Presidente Álvaro Uribe, “No hay causa perdida”.


Desde el punto de vista de la literatura política, la publicación del libro constituye un aporte a la discusión pública nacional. No es usual que nuestros mandatarios escriban este tipo de textos y, como saben los historiadores, el testimonio escrito de los protagonistas de los acontecimientos políticos es un componente fundamental de cualquier reconstrucción y análisis posterior. Para los investigadores de las ciencias sociales es un documento que expresa la forma como el Presidente concibió y ejecutó sus principales acciones de gobierno. Para los ciudadanos, una forma detallada de recordar algunos de los mejores momentos que hemos vivido como país en las últimas décadas. Para los extranjeros, una amena forma de conocer la transformación de una nación.  


Las memorias muestran porqué Álvaro Uribe fue un Presidente excepcional, que gobernó al país en un momento histórico excepcional. Uribe es excepcional por su capacidad de trabajo, su micro-gerencia, su detallado conocimiento del territorio nacional, y la oportuna decisión de afrontar en serio el principal problema público cuando fue elegido: la violencia. Que hace 10 años Colombia atravesaba un momento excepcional lo evidencian los desbordados índices de secuestros, asesinatos, atentados terroristas, minas anti-personas, hurtos, y demás formas de intimidación a la población por parte de las guerrillas, los paramilitares y la delincuencia común. En este sentido, el gobierno de la seguridad democrática entregó unos resultados por los que hace una década nadie apostaba y con ello, abrió el país al mundo.


“No hay causa perdida” pone de presente dos aspectos decisivos de la presidencia de Uribe: la contundencia de lucha contra las Farc, y un estilo propio de gobernar. El libro cuenta con bastante grado de detalle lo ocurrido entre-telones de los operativos más exitosos contra la guerrilla. La contundencia de los golpes militares contra los cabecillas, el liderazgo del presidente frente a las tropas, la forma como se planearon los principales golpes, y las dificultades diplomáticas que algunos de estos generaron.


Estos incidentes tienen un nombre propio: Hugo Chávez. El libro narra detalles sobre la forma como Uribe intentó llevarse bien con él, pero sin sacrificar los intereses nacionales, lo que, en una palabra significaba que no apoyara a las Farc. Como recordamos, ello no fue posible por el lugar en el que estaban las lealtades del teniente coronel.


En cuanto al estilo de gobierno, se podría definir como todo lo opuesto del actual: “Muchos políticos actuaban como si estuvieran en la cima de la montaña; nosotros caminábamos entre la gente, conversando sobre sus problemas cotidianos, hablando un idioma que pudieran entender”.


Recorrer el país, escuchar a la población, liderar personalmente las situaciones críticas en el lugar que ocurrieran, y una políticamente inusual -y hasta terca- lealtad hacia sus colaboradores constituyen una forma de gobernar poco común entre nuestros mandatarios, más acostumbrados a disquisiciones e intrigas palaciegas. “Siempre he creído en la importancia de la presencia física en el lugar de las grandes crisis para coordinar mejor la respuesta, transmitir autoridad y asumir la responsabilidad de la situación”.


Otro aspecto por el cual Uribe constituye un interesante caso de análisis es su habilidad comunicativa. En el libro enfatiza que la comunicación política debe ser sencilla y reiterativa. Por eso hoy, más de dos años después de terminado su gobierno todos tenemos claro en qué consisten “los tres huevitos”. Los mismos que su sucesor decidió abandonar porque no le quedaban bien ni en Palacio ni en Anapoima.