Columnistas

Las memorias de Uribe
Autor: Delfín Acevedo Restrepo
7 de Noviembre de 2012


Las reuniones se siguieron relizando con asistencia cada vez más nutrida. Se prepararon documentos con plataformas ideológicas y programáticas de gran contenido, todo ello liderado por el doctor Arismendi.

Cuando el expresidente Álvaro Uribe Vélez anunciaba su postulación como aspirante a la primera magistratura del Estado, un grupo de profesionales encabezados por Octavio Arismendi Posada, entonces presidente de nuestra Asociación de exgobernadores y exdiputados de Antioquia – Asexda- decidimos organizar un encuentro, el primero que se hacía en Medellín para apoyar dicha candidatura. Éste se cumplió en el hotel Dann. La concurrencia fue muy nutrida. Allí se hicieron planteamientos muy serios sobre lo que debería ser una nueva política y un nuevo gobierno presidido por el doctor Uribe Vélez.


Las reuniones se siguieron relizando con asistencia cada vez más nutrida. Se prepararon documentos con plataformas ideológicas y programáticas de gran contenido, todo ello liderado por el doctor Arismendi.


Las encuestas se fueron disparando a favor del candidato paisa y el triunfo en la contienda democrática se veía venir inatajable. Así ocurrió efectivamente y el regocijo de todos fue grande ya que sentíamos compensados todos nuestros esfuerzos. Con su credencial en la mano, el nuevo Presidente empezó a organizar el equipo de sus colaboradores inmediatos. Nosotros esperamos contar con alguna participación en el gobierno, pues para ello habíamos trabajado, desde luego en cabeza de nuestro líder, el doctor Arismendi Posada. En un gesto absolutamente espontáneo me dí a la tarea de ambientar su nombre como embajador de Colombia ante la Santa Sede. Quién mejor que Arismendi con su sólida y profunda formación cristiana que todos conocíamos y con su excelente acatamiento en las instancias de la jerarquía católica presidida por el pontífice de entoces, Juan Pablo II.


Tomó las cosas muy deportivamente “A tí es el único que se te ocurre semejante embeleco. Nadie más está pensando en eso”, me dijo. La idea, sinembargo, se fue abriendo paso y contó con la acogida plena de todos los que lo habíamos acompañado en la campaña preselitista de apoyo al Presidente electo. Algunos de ellos de gran cercanía e influencia sobre el mandatario, quienes lo convencieron de la bondad de la iniciativa. Así, las cosas que comenzaron sin querer queriendo, se convirtieron en realidad cuando el doctor Uribe Vélez puso a disposición del exgobernador la eminente posición diplomática. 


“Te saliste con las tuyas, el Presidente me acaba de ofrecer la embajada ante el Vaticano”, me anotó Octavio cuando llamó una noche a horas ya avanzadas.


Para celebrar tan grato acontecimiento lo invité a un paseo al domingo siguiente a Santa Fé de Antioquia, lo cual hacíamos con alguna frecuencia. Al regresar de la hermosa tierra de los tamarindos y al calor de unos buenos aguardientes me expresó su deseo de que lo acompañara como Ministro Consejero en su misión diplomática en la capital del cristianismo. Acababa de fallecer mi hermosa e inolvidable esposa Lucía Ospina Vélez. Me encontraba completamente abatido y desorientado y la perspectiva de radicarme en Europa me resultaba muy atrayente, como una oportunidad de cambiar de ambiente, que aconsejan los sicólogos ante la angustiosa situación que dejo descrita. Del asunto no nos volvimos a acupar.


Un buen día me llamó Arismendi a decirme que había decidido declinar el ofrecimiento de la embajada. La charla no se prolongó, pues yo sabía que la enfermedad que lo llevó a la muerte y que había logrado controlarse con la intervención de esclarecidos médicos de la Fundación Santa Fé de Bogota, reaparecía con diagnóstico inexorable.


Todos estos incidentes están recogidos en mi libro “Memorias Después del Medio Día”, que publiqué por aquella época y que repaso ahora al leer el texto del doctor Alvaro Uribe Vélez “No Hay Causa Perdida”, editado simultáneamente en español y en inglés y que viene siendo acogido con alborozado entusiasmo, no sólo en Colombia sino en distintas partes del mundo.


El texto presenta un balance exhaustivo y ameno de la gestión cumplida. En él se aprecia el estilo directo y combativo del caudillo paisa. Quiera Dios que su tarea firme y afirmativa en la actividad política lo ubique en el lugar que le corresponde para recuperar muy pronto todo lo que se ha perdido.


Comienza el libro de Uribe con una evocación dolorosa y estremecida del gobernador Guillermo Gaviria Correa y su comisionado de paz, Gilberto Echeverri Mejía, sus cercanos amigos, quienes el 17 de abril de 2002 encabezaron la marcha por la paz, al frente de un nutrido grupo de participantes con destino al municipio de Caicedo. Al final de la jornada no alcanzaron su cometido, pues fueron secuestrados por las Farc e internados en el corazón de la selva hasta el 5 de abril de 2003, cuando fueron sacrificados por sus secuestradores en frustrado intento de rescate militar.


Los siguientes capítulos del libro están llenos de contenido valioso sobre la historia reciente del país, para entender mejor la dimensión humana de nuestro expresidente y lo mucho que sus compatriotas todavía podemos esperar de él, quien como lo ha dicho, está dispuesto a servir a Colombia “desde cualquier trinchera, bajo cualquier circunstancia y hasta el último día de mi vida”.