Columnistas

Para celebrar a Gabito
Autor: Iván Guzmán López
6 de Noviembre de 2012


Esa fecha es sagrada para mí. Y a propósito, podría escribir algunas páginas sobre nuestro Nobel, pero la extensión de esta columna no lo permite; además, ya lo han hecho, con suficiencia significativa, el propio Gabito en su libro autobiográfico

El pasado 21 de octubre de 2012, se cumplieron 30 años desde aquel memorable jueves 21 de octubre de 1982, cuando la Academia Sueca anunció, con toda justicia, que el Premio Nobel de Literatura de ese año correspondía al escritor colombiano Gabriel García Márquez. Desde entonces he visitado varias veces a su natal Aracataca, buscando las huellas de Luisa Santiaga Márquez Iguarán de García, Gabriel Eligio García, Tranquilina Iguarán Cotes de Márquez, el coronel Nicolás Márquez Mejía y con ellas, las de Melquiades, Aureliano, José Arcadio, Úrsula, Amaranta, Rebeca, Santa Sofía de la Piedad, Remedios la bella, Pilar Ternera, Pietro Crespi, Apolinar Moscote, Mauricio Babilonia, o las del fantasma de Prudencio Aguilar, buscando tazones de agua y tapones de esparto, en noches de terrible desolación.


Esa fecha es sagrada para mí. Y a propósito, podría escribir algunas páginas sobre nuestro Nobel, pero la extensión de esta columna no lo permite; además, ya lo han hecho, con suficiencia significativa, el propio Gabito en su libro autobiográfico “Vivir para contarla”; el colega periodista y escritor Dasso Saldívar, en su extraordinaria obra “García Márquez, el viaje a la semilla”;  el periodista inglés Gerald Martin, en “Gabriel García Márquez, una vida”, o la periodista colombiana Beatriz Parga, una de las 100 más influyentes periodistas hispanas de los Estados Unidos, con su delicioso libro “La maestra y el Nobel”, un texto sobriamente escrito sobre la vida de Rosa Fergusson, la suave maestra que enseñó a Gabito las primeras letras y que comprendió muy bien, antes que la crítica desmenuzara su producción, la génesis de la obra toda de nuestro Nobel.


 Alguna vez, a la pregunta de “¿Para qué escribe?”, Gabito respondió: “Para que mis amigos me quieran más”. En mi caso particular, aunque no gozo de su amistad personal, creo que lo ha conseguido. Y mucho. Imposible no quererlo, si en sus libros está Colombia; está el pobre hombre colombiano cargado hasta la fatiga de penas, de tristezas, de olvidos, de soledad, de masacres, de injusticias, pero también de desaforadas alegrías. Él mismo lo confesó una vez al periodista Germán Santamaría: “No he escrito jamás una novela o un cuento que no tenga que ver con Colombia”.


Gabito, que empezó a ganar el Premio Nobel de Literatura desde esa imagen simple de “una mujer y una niña vestida de negro, con un paraguas negro, caminando bajo el sol abrasador de un pueblo desierto”, génesis del que considera su mejor cuento, “La siesta del martes”, y origen de todos sus relatos, merece todas las celebraciones, sin mezquindad, con la alegría bulliciosa y desbordante de una “cuelga” costeña.


Por lo pronto, el escritor chino Mo Yan, a quien la Academia Sueca concedió el Premio Nobel de Literatura 2012, porque “muestra con cuentos populares la historia actual y contemporánea con un realismo alucinante” y “arranca de la realidad china, sobre todo rural, y se entremezcla con escenas y pasajes que proceden del mundo de los relatos orales, las fábulas y los sueños”, ya homenajeó a nuestro Nobel, al declarar pública y generosamente su deuda con el realismo mágico, y reconocer ante el mundo que “García Márquez me ha influido mucho”.


Que se sigan todas las celebraciones programadas y no programadas; que se festeje desaforadamente a nuestro Nobel y a su Premio. Yo, con humildad de lector, declaro que vivo en fiesta permanente, porque permanentemente leo a Gabo. Como cuando era niño, y pedía a mi madre el mismo cuento, cien veces, sabiendo que era un pozo de interminables bellezas. Y de certezas.


Puntada final: felicitaciones a mi amigo columnista de EL MUNDO, el doctor Jorge Arango Mejía, por sus recomendaciones editoriales del pasado domingo 28 de octubre de 2012, en especial por “La conjura de los necios”, del norteamericano John Kennedy Toole. Recordemos que el mal de muchos colombianos es “ir a tientas” (…), “ciegos, sin lazarillo bajo el azul de enero”, como es la queja de nuestro Barba Jacob, en uno de sus bien logrados poemas.