Columnistas

La costumbre de ‘puebliar’
Autor: Rodrigo Zuluaga
31 de Octubre de 2012


Medellín como urbe moderna colombiana ingresó al siglo XXI convertida en ciudad de avance e innovación, pero también con enorme concentración de convulsiones, antagonismos y contradicciones que la han hecho sui géneris.

Medellín como urbe moderna colombiana ingresó al siglo XXI convertida en ciudad de avance e innovación, pero también con enorme concentración de convulsiones, antagonismos y contradicciones que la han hecho sui géneris. Son los mismos problemas que vive el país en su conjunto, no obstante su desarrollo y su espíritu de progreso en todos los órdenes, emocionan al visitante.


Y por consiguiente contrasta a la vista y al sentido el viajar a los pueblos los fines de semana o en los puentes festivos, porque es de suyo evidente cómo ha progresado la capital y cuán lentos van los pueblos pequeños en su desarrollo desigual e injustificado.


Somos muchos los que no resistimos la tentación de estar en los parques pueblerinos de tiempo en tiempo, allí donde están localizados en el mismo marco la iglesia, la alcaldía, el comando de policía, los bares chéveres, la calle por donde pasan hombres a caballo, carros y buses, la gente mercando y conversando, el gracioso maremágnum del domingo, así  en cualquier pueblo de Colombia.


La ciudad dejada atrás es realmente otra cosa, otra dinámica, otra gente; inseguridades que agobian, progreso y desarraigo, desempleo, riqueza pero también pobreza extrema. Sus parques que pudieran ser afables son algo indefinible, diferentes a las plazas pueblerinas; en ellos sobrevive la iglesia por si acaso, lo demás es deterioro y peligros que asechan.


Afortunadamente, en esta Antioquia Grande se ha tenido un concepto  arraigado de ‘patria grande’ y ‘patria chica’ y ambas son tan importantes como valoradas a la hora de la verdad ciudadana. Y eso está enseñado desde la escuela. Indica que crecemos con la idea altruista de que es tan importante Colombia como cualquier municipio de su geografía por pequeño que este sea.


Cambiar el bullicio de la ciudad por el descanso del verde de algunos pueblos cercanos y aún lejanos, el disfrute de ríos y quebradas que con sus aguas frescas saludan al visitante citadino, es mucho más que placentero y si ello está matizado por la presencia de campesinos conversadores, los fines de semana se vuelven una delicia en medio de recias comilonas de los platillos tradicionales y las  bebidas más apetecidas.


Pero lo que sí se convierte en un viacrucis es el regreso. A unos cuantos kilómetros ya se empieza a sufrir la movilidad lenta. Viene el estrés de las filas de vehículos que retrasan las llegadas y hacen tediosos los atardeceres del regreso a casa. Y entonces uno piensa y compara,  saca promedios, será que se justifica la angustia de los retornos frente a la alegría y paz que nos proporcionan los pueblos en su atraso, pasividad y belleza… Por lo pronto sigamos puebliando.