Columnistas

Doble rasero
Autor: Sergio De La Torre
28 de Octubre de 2012


Es la esquizofrenia el rasgo distintivo de nuestra conducta como conglomerado.

Es la esquizofrenia el rasgo distintivo de nuestra conducta como conglomerado. De ahí nos viene el ‘santanderismo’, ese maniático apego a la letra de la ley, para mejor transgredir su espíritu, por la vía de multiplicar, al máximo posible, los reglamentos, que enredan y obscurecen la susodicha ley, hasta hacerla inaplicable. ¡Vaya  modo de evadirla sin mancharse! Y aquello que llamamos ‘santanderismo’, como lacra que se tolera y cultiva con tanto empeño y cierta fruición, y que permite, de paso, escamotear la norma engorrosa, no nace propiamente con Santander, sino que viene de muy antes. Es herencia de aquellos criollos que, fieles a una arcaica tradición de los abuelos peninsulares, susurraban entre sí,  cuando de la Metrópoli les llegaba un decreto que no fuera de su gusto: “se obedece pero no se cumple”. Y eso que los iniciados en los vericuetos de la interpretación llaman “exégesis” (tanto pomposo jurisperito sobrante en un país de rábulas y tinterillos),  eso no es más que un artificio para adornar, con frondosas disquisiciones y argumentos de ocasión, todo intento de escapar al mandato de la ley. Cuando queremos violarla, eludir sus prescripciones, nos damos primero a interpretarla con ese aire tomístico que aquí no falta en el foro, los tribunales y los cuerpos colegiados. Sobra aclarar que cuando digo ‘tomístico’ no me refiero a tomo, volumen o libro alguno, sino a los pretendidos discípulos de Santo Tomás, que fatigan la oratoria con su escolástica de aficionados y que nunca leyeron a su mentor, y si quisieran hacerlo fallarían en el intento por simple obturación o abatimiento cerebral.


Pero además de la interpretación acomodaticia de los preceptos legales, hay otras mañas en el  referido ‘santanderismo’, único e inimitable en América Latina. Verbigracia, la predilección por el atajo, que siempre tomamos al seleccionar el parágrafo o inciso que más conviene a nuestros designios o intereses. Las proverbiales contrataciones y las  grandes obras civiles allí acordadas, nos brindan el mejor ejemplo al respecto. Las firmas de contratistas tienen a su servicio más abogados que ingenieros. Y abogados especializados, o sea entrenados para burlar controles y defraudar al fisco, alegre y manirroto. No hay contrato que a la vez no sea un jugoso negocio, por no decir que una lotería. Bien porque, si por excepción llega a ejecutarse a tiempo, se cobran sobrecostos (más abultados que el mismísimo precio inicial de la obra total), o bien porque no se cumpla, caso en el cual se le echa la culpa al Estado, y entonces no se devuelven los enormes anticipos recibidos y, de ñapa, se reclama una indemnización, como si la víctima fuera el contratista incumplido. El monto de lo perdido en ambos casos siempre será escalofriante. Y los burócratas que adjudican, los que idearon y montaron la trapisonda, participan del festín, pues sin ellos  éste no existiría. Sin reglas fijas o estables para zanjar los desacuerdos (que suelen ser más ficticios que reales), se acude a la casuística, que torna irrefutable todo alegato destinado a validar situaciones anómalas o conductas ilícitas. ¡Qué duchos somos en el arte de mistificar las cosas, de disfrazarlo todo! Y en el manejo del doble rasero para medir y juzgar las faltas propias o ajenas, por evidentes que sean.  Venga un ejemplo de esa simulación, maquinal e instintiva, que ayuda a encubrir tales faltas: para distraer la atención de la ciudadanía y aparentar rigor y firmeza, se castigan, con ruido y pólvora, los pecadillos del día a día, como el del congresista Merlano con ocasión de su borrachera. Pero a nadie, en su momento, entre quienes, apadrinando su aspiración, lo incluyeron en la lista senatorial, se le ocurrió preguntar por el origen de la curul que se le asignaba, sin mérito ni vocación alguna que lo acreditara. Precisamente a él, vástago de otro senador, casualmente revocado y condenado por delitos, esos sí graves, como la parapolítica y otros.


He ahí la demostración palpable de la esquizofrenia a que aludo, que determina nuestra ambivalencia inocultable, y nuestro pathos de nación enferma y sin remedio, por tener desdoblada su personalidad. La nación más apegada a la ley, la que más invoca el respeto a las reglas de convivencia, es a la vez la más propensa a la violencia, los conflictos y las guerras internas. Y esto no es una paradoja, sino parte de esa hipocresía redoblada que nos viene de la España medioeval y de la que la sucedió en el tiempo, marcada por la Contrarreforma, Torquemada y la Inquisición, y gobernada luego por los reyes católicos y su fatídica corte de fariseos y farsantes.


Queda pendiente el tema de la señora Sánchez Montes de Oca, sus raíces en el pasado y sus actuales implicaciones, para rematar estas notas.