Columnistas

¿Quién ha dicho que es fácil?
Autor: Bernardo Trujillo Calle
27 de Octubre de 2012


Cuando el gobierno se sentó a la mesa de conversación con las Farc sabía que la agenda trazada días antes para dar principio a ella, no era “pan comido”.

Cuando el gobierno se sentó a la mesa de conversación con las Farc sabía que la agenda trazada días antes para dar principio a ella, no era “pan comido”.  Ni siendo tontos de capirote podían pensar que la guerrilla llegaría a firmar un documento de rendición incondicional, ni tampoco ésta pudo jamás imaginarse una contraparte dispuesta a entregar lo que ha ganado en la confrontación diaria y menos soberanía, con todo lo que ella significa en el control absoluto de un Estado de Derecho en el cual jamás se ha permitido que nacionales insurrectos o extraños traten de dirigir su política interna o externa.  Actúan, pues, de mala fe, quienes haciendo alarde de recelosos pronósticos, hoy reclaman como un triunfo las desmadradas palabras de ‘Iván Márquez’, suponiendo que a partir de ellas las cosas terminaron en cero.


Escuchamos con atención los discursos de instalación de Humberto de la Calle, vocero de los comisionados del gobierno, y de ‘Márquez’, de la subversión.  La diferencia tenía que ser como resultó, dado que el primero es un hombre de letras, prestigioso abogado, político, que viene de la academia y tiene un lenguaje, un pensamiento y una responsabilidad bien distinta de la del segundo, que lleva interiorizado un discurso, un modo de mirar y calibrar los hechos desde lo que viene sucediendo hace medio siglo en la orilla opuesta a la democracia, un movimiento en permanente contradicción con el Estado, repitiendo idéntico lenguaje apocalíptico desde su fundación, que piensa y actúa como lo que son, vale decir, subversivos.


No se compadece entonces la indisimulable expresión de alborozo de los que ya se han manifestado adversos a cualquier clase de pacto con la guerrilla, así traten de dar un mensaje equívoco, nunca concreto o serio, sobre su verdadero interés en que la guerra se mantenga por otros años, no importa cuántos, con tal de que sigan alineadas las fuerzas militares de la nación contra las de las Farc, indefinidamente, cueste lo que cueste en vidas humanas de civiles inocentes o de miembros del ejército o de la guerrilla. Triunfos, así sean pírricos, es lo que demandan estos guerreros nuestros de butaca, franco-tiradores contra este que ha sido el más significativo y esperanzador momento para hallar la paz nacional.


La gama de entusiastas de la guerra es indefinida y no identificable a primera vista, salvo los que el país conoce por sus incancelables odios provenientes del pasado gobierno de ocho años que tampoco, para ser exactos, mantuvo el discurso antiguerrillero intacto, pues el menos informado recuerda que el ex presidente Uribe intentó por varias ocasiones hacer contacto con el Secretariado de las Farc y hasta nombró amigables componedores a Chávez y Piedad Córdoba, pero esa ventana se clausuró, aunque hay información de que más adelante el mismo Uribe buscó acercamientos que tampoco se dieron. Sólo cuando la situación se hizo inmanejable y las palabras presidenciales y guerrilleras se endurecieron hasta el insulto personal y la descalificación mutua, el país supo que no habría concordia nacional.  El gobierno atacó con todo lo que tenía a su alcance y la guerrilla hizo lo mismo, replegándose para escapar a los intentos de exterminio.  Por confesión directa hecha de viva voz, estuvimos a un tris de invadir territorio venezolano y desatar una guerra cuyos imprevisibles resultados, cualesquiera que hubiesen sido, habrían constituido una catástrofe continental.


Hay otro matiz de prosélitos de la guerra que, como dice el refrán, “lo veo y no lo creo”.  Hacen un papel de zapa desde las columnas de la prensa y desconciertan con sus opiniones que tienen tanto de veneno como de antídoto. Son más temibles por su doble columna moral. Atacan cuando debieran defender y defienden cuando debieran atacar. Y no es que la rigidez conceptual les impida ver la diferencia entre hacerlo con razón o sin ella. Cualquiera de nosotros ha estado concientemente aquí o allá. Pero no a la vez.
P.S.: Ciento por ciento con Obama. Romney es un fanático religioso a ultranza, derechista de extrema que se la juega por un versículo de su Biblia. No respeta el pensamiento libre y mira por encima del hombro a los latinos y negros. Sería un desastre para la democracia americana.