Columnistas

Paz con equidad
Autor: Hernán Mira
26 de Octubre de 2012


La inequidad es un problema fundamental de nosotros, en el que apenas recientemente empezamos a pensar en serio porque por décadas nos hemos hecho los de la vista gorda, para poder seguir viviendo tranquilos en el territorio de los privilegios.

“Estoy convencido de que es perfectamente posible reorganizar la economía y garantizar la satisfacción humana, que nos es posible mientras vivamos, de una manera distinta a como se hace hoy en día”. Francisco De Roux.


Aunque es muy cierto que no tenemos que esperar la erradicación completa de la pobreza para dejar de matarnos, como se ha dicho a propósito del discurso de “Iván Márquez” en la instalación de la mesa de negociación, también es incontrovertible que la equidad es una meta esencial para conseguir una paz verdadera y segura. En los cinco puntos ya acordados para la mesa, de hecho figura el desarrollo agrario, pues en el campo es donde hay más inequidad, junto a la inclusión política, el narcotráfico, las víctimas y la dejación de las armas.


La inequidad es un problema fundamental de nosotros, en el que apenas recientemente empezamos a pensar en serio porque por décadas nos hemos hecho los de la vista gorda, para poder seguir viviendo tranquilos en el territorio de los privilegios. Según la Cepal, Colombia tenía 20.3 millones de pobres y 7 millones de indigentes, en el 2011. Ocupamos el tercer lugar en inequidad entre 129 países, de acuerdo con el último Informe de Desarrollo Humano.  En el mundo el 8.7% de la población tiene el 82.2%  de la riqueza y la proporción en Colombia es aún peor.


El modelo de desarrollo nuestro, de corte bien neoliberal y para muchos incambiable, está en una crisis humanitaria innegable. El jesuita Francisco de Roux, economista de la Universidad de los Andes y la London School of Economics, trabajador incansable por la paz, tiene una visión distinta y esperanzadora de lo que debería y podría ser un desarrollo equitativo. El modelo de desarrollo actual no solo está vulnerando la sociedad, generando desigualdad, sino creando riesgos al llamado sector real de la economía, dice.


Si se hace un desarrollo de ocupación productiva del territorio por sus propios pobladores -que no tengan que desplazarse-, organizados, capacitados, en armonía con la naturaleza. Si hacemos un desarrollo productivo, muy intensivo en mano de obra, donde se le juegue en serio al pleno empleo de la población económicamente activa, donde se entienda que la sociedad tiene que remunerar los trabajos espirituales, culturales, al tiempo que se remuneran muy bien a los maestros y los trabajos de los que nos ayudan a alimentarnos bien  porque todo eso es parte de la vida querida por la gente. Si el país remunera estas cosas, como es perfectamente posible, y a través de eso se acrecienta la demanda ampliada para poder acceder a los bienes que estamos produciendo, protegiendo la naturaleza, es posible tener un tipo de desarrollo de calidad, eficiente en el sentido del menor costo humano y ecológico posible, y que se pueda articular perfectamente en un horizonte de mercado mundial.


Es bien importante este primer paso que se da para un cese de hostilidades, pero la meta es sacar la guerra del corazón de los colombianos para un país que ponga en primerísimo lugar la dignidad de todos, como siempre debería ser.