Columnistas

¿Último capítulo de Kafka?
Autor: José Alvear Sanin
24 de Octubre de 2012


Esa lamentable experiencia lo capacitaría para escribir mejor que nadie lo que en todos los idiomas ha dado en llamarse “kafkiano”: inenarrable espera, lenguaje incomprensible, resultados inesperados, la frustración, el caos, el absurdo...

A principios de octubre, un juzgado de Tel Aviv ha puesto al parecer punto final al largo proceso de los manuscritos de Franz Kafka, historia que parece prefigurada en las obras del novelista, porque la casuística judicial es uno de los elementos de la atroz pesadilla reflejada en sus escritos. Desde luego, Kafka conocía bien el asunto porque ejerció como abogado, oficio bien indigno de su talento, tanto en la administración imperial (en una oficina de subsidios sociales), como en una aseguradora (la Generali di Venezia).


Esa lamentable experiencia lo capacitaría para escribir mejor que nadie lo que en todos los idiomas ha dado en llamarse “kafkiano”: inenarrable espera, lenguaje incomprensible, resultados inesperados, la frustración, el caos, el absurdo…


En sus 41 atormentados años (1883-1924) alcanzó a ver publicadas algunas de las narraciones, entre otras La Metamorfosis, que póstumamente lo convertirían en uno de los escritores fundamentales del siglo XX. En precisa prosa alemana describe un mundo a la vez real e imaginario donde los individuos, recargados de culpa y ansiedad, buscan inútilmente la salvación.


En vida fue escasamente reconocido en el vibrante ambiente cultural de la comunidad judía de Praga.


Afortunadamente su amigo Max Brod desobedeció sus instrucciones de quemar todos sus manuscritos. Después de la muerte de Kafka aparecieron sus principales novelas: El Proceso, El Castillo y América. Brod emigró antes de la II Guerra a Palestina y continuó la publicación de los manuscritos.


Por su parte, la última amiga del escritor, Dora Diamant, tampoco quemó lo que tenía. Salvó 35 cartas y 20 libretas, pero la Gestapo las desapareció desde 1933.


A veces pienso que Kafka tenía razón condenando al fuego sus diarios (cuya lectura nos hace más simpático al denostado padre que al escritor), y su correspondencia con Milena y con Felice Bauer, que lo retratan como el novio más aburridor e indeciso.


Hasta su muerte en 1968, hace 44 años, Max Brod disfrutó de los réditos de la obra de su amigo, traducido y reeditado con merecida frecuencia a los principales idiomas, y cuyo impresionante cúmulo de manuscritos dejó a su amante, Esther Hoffe, para que los pasara a los archivos del estado de Israel.


Pero la Hoffe no era boba. Repartió los papales en diez cajillas de seguridad en Suiza e Israel, y poco a poco los vendía a los mejores postores. El Archivo de la literatura alemana, en Marbach, le compró el borrador de Der Prozess por dos millones de dólares, en 1988. La señora Hoffe murió de 101 años en el 2007 y dejó unas 40.000 páginas a sus hermanas Eva y Ruth, ancianas que las ofrecieron luego al Marbach Archiv, pero el de Israel las demandó con una copia del testamento de Brod en cuatro páginas, y las Hoffe produjeron otro de dos páginas para respaldar su propiedad.


Después de largos años, como todo proceso, kafkiano o no, el juzgado de Tel Aviv ha dado la razón al estado de Israel, pero Eva Hoffe va a apelar kafkianamente.


Por su parte, el archivo de Israel no piensa reivindicar la propiedad sobre los manuscritos que ya reposan en Marbach.


Otros documentos de Kafka fueron entregados por familiares del escritor a la Bodleian Library de Oxford, en 1961.