Mundo deportivo

Early risers
Madrugadores
Autor: Jonny Andr閟 Sampedro
22 de Octubre de 2012


Mientras muchos duermen en sus hogares y otros apenas se dirigen a ellos despu閟 de una noche de fiesta, docenas de deportistas salen en la madrugada a disfrutar de la ciclov韆 del estadio.


Medellín, domingo 21 de octubre de 2012 (5:00 a.m.). El día está frío, llovió en gran parte de la madrugada. El invierno se toma seriamente a la ciudad. Dos horas más tarde se espera la apertura de la ciclovía, pero en la carrera 74 con calle 50 ya hay movimiento.


Varios jóvenes salen de rumbear en los establecimientos cercanos, caminan sin pasos firmes por causa del licor. Hombres con zapatos industriales y tulas deportivas en sus manos recorren el lugar a toda prisa. Hay silencio. Se siente paz y tranquilidad. Cantan los pájaros en los copos de los árboles, se resguardan del frío y del humo de los carros.


En la vereda vecina un hombre con barba espesa busca entre la basura algo que le calme el hambre. A todo el frente suyo hay una panadería abierta que espera por sus comensales. Él no es bienvenido, su presencia no es bien vista. La panadería sigue sin clientes.  


El silencio se rompe. Llega el rugido de los motores y de las cajas de cambios. Hay varios buses. Los que vienen del Centro traen tres o cuatro pasajeros, varios de ellos recostados a la ventana, con el cuerpo doblado, los ojos cerrados y la boca abierta. 


Los que van para el Centro están llenos, casi al tope, con gente que escucha radio, lee la prensa y cuidan sigilosamente sus pertenencias. Dos soldados custodian la zona, mientras dos hombres miran con recelo y desconfianza a los reporteros que hacen esta nota.


Los deportistas


El primer deportista en aparecer (5:20 a.m.) viene al trote y sudando. Se ve entrado en años, “me llamo Aníbal Betancur, tengo 64. Hace 20 que vengo a la ciclovía” dice y agrega: “Vengo todos los días. No falto. Salgo siempre a las cuatro de la mañana, hoy me cogió el día”.


Llega la lluvia. Pasan los minutos y no arriban más atletas. Don Aníbal completa su segunda vuelta (5:43 a.m.) y recuerda que hace años una moto lo levantó a esta misma hora en el sector de la Setenta, que desde eso anda por la acera y comenta que el agua no lo obligará a irse.


Los primeros caminantes en llegar (5:55 a.m.) son Juan Pablo Aguilar y Rubiela Jiménez. Marido y mujer. Vienen todos los días desde el barrio Simón Bolívar, su idea es mantenerse saludables y consideran que en la ciudad hay buenos espacios para el deporte. “Nos encantan los gimnasios al aire libre”, dicen y continúan su camino tomados de las manos.


Llega el momento de dar una vuelta (6:05 a.m.). La ruta elegida es la Setenta, cerca al Colegio San Ignacio. En la vía ningún deportista. En los andenes mujeres con paraguas a paso fugaz para escapar de la brisa y alcanzar el próximo metro. Ahí mismo, pero en sentido contrario, dos mariachis con sus guitarras. Sus caras delatan trasnocho y su semblante una noche de perros. Parece que no hubo canciones para dedicar.


Metros más adelante, junto a la sede de Indeportes hay un gimnasio al aire libre. Sus implementos son rústicos, improvisados. Hay tarros viejos de galletas llenos de cemento, unidos con una barra de hierro, que sirven como pesas. También hay pasamanos y otros aparatos.


Allí, otros dos madrugadores. John Urrego, que viene de San Javier y Gustavo Villa, que vive en La América. Ambos hacen abdominales (6:07 a.m.), dicen que fueron los primeros en llegar (5:30 a.m.) y acompañan su rutina escuchando las canciones de Nino Bravo. “Es bueno madrugar a hacer ejercicio, eso me mantiene animado todo el día”, afirma John.


De nuevo en la 74 


La próxima cita es con Diego Arango (6:20 a.m.), empleado del Inder, guía de la ciclovía. En su trabajo debe explicarles a las personas los carriles que deben usar y estar atento a cualquier accidente. Él conoce de primeros auxilios y si ocurre algún incidente se encarga de estabilizar a los pacientes, mientras llega la ambulancia. “Al día hay un promedio de dos o tres caídas, muchas laceraciones y fracturas de brazo”, explica.


Llegan los voceadores de prensa (6:30 a.m.). Pasa el primer ciclista. No de los que van para un pueblo cercano y están de paso, tampoco de los que hacen domicilios o van para el trabajo, sino el primer pedalista que viene a darle vueltas al estadio.


Se llama Rogelio Botero, tiene 60 años. Hace 40 calendarios tiene por tradición asistir a la ciclovía y lo hace temprano “para andar tranquilo y sin tanta gente. Me da un poco miedo de los carros, yo le propondría al Inder que cerrara las calles más temprano”, reflexiona.


Treinta minutos más tarde pasa un automóvil Aveo de color gris con placas FCT-784. Es el último en pasar por la carrera 74, pues a partir de este momento esta vía se cierra completamente para darle paso a los gomosos del deporte, a los que llegan tarde, a los que no saben que horas antes ya hubo otros que sudaron por esas calles.