Editorial

La puja por la Casa Blanca
18 de Octubre de 2012


Debates televisivos como los de EE.UU. entre los aspirantes a la Presidencia dan fe de lo que debe ser una democracia s髄ida, que no elude ni teme la confrontaci髇 de ideas y programas.

 


Está fuera de discusión que las elecciones presidenciales en los Estados Unidos despiertan gran interés mucho más allá de sus fronteras, y las que tendrán lugar el próximo 6 de noviembre aún más, pues se trata de saber si el primer negro e hijo de inmigrantes que logró llegar a la máxima dignidad del Estado en hombros de multitudes y con una simpatía internacional cuyo antecedente más notable habría sido John F. Kennedy- es capaz de convencer al electorado de que merece un voto de confianza para redondear un mandato de ocho años.


Encuestas y análisis electorales le atribuyen al presidente-candidato Barack Obama un total de 271 votos electorales contra 206 de su contendor republicano Mitt Romney. Toda la atención está puesta en los estados en que no hay nada resuelto, particularmente Ohio, donde se afirma que Romney sigue teniendo posibilidades y la cábala, más que la experiencia, dice que quien gane allí tiene media Presidencia en su bolsillo. En lo relativo al voto ciudadano las predicciones muestran diferencias más estrechas, pero siempre al incumbente por arriba. De acuerdo con la última encuesta de ABC, Obama recibiría un 49 % y Romney un 46 % de los sufragios. Tal parece que el presidente ha logrado consolidar su estrecha ventaja después del anuncio de que el desempleo cayó al 7,8 % y de que los sondeos mostraran una mejora de la percepción ciudadana sobre el rumbo de la nación. 


Aunque algunos analistas dicen que los debates por televisión que se realizan en EE.UU. desde los años 60 no suelen tener mayor incidencia en el resultado, el empeño que les ponen las directivas de campaña y los propios candidatos parecen desmentirlos, cuanto más si, como en el caso presente, el afán de unos y otros es por conquistar a los indecisos, que a la hora de la verdad pueden inclinar el fiel de la balanza pese a ser relativamente pocos en relación con las inmensas mayorías demócratas y republicanas que tienen partido tomado de antemano. 


Aparte de representar un escenario de lucha por votos que aun están en duda, los debates televisivos entre los candidatos y entre los aspirantes a la Vicepresidencia dan fe de lo que debe ser una democracia sólida, que no elude ni teme la confrontación de ideas y programas. Algo muy distinto, por ejemplo, a lo sucedido en Venezuela hace pocos días, donde el triunfo de Chávez estuvo precedido de la descalificación sistemática del contendor y la elusión del “cara a cara” sobre los problemas del país y sus soluciones. 


Dos percepciones muy distintas dieron los analistas de los debates del 3 de octubre y el martes pasado. En el primero dieron como claro ganador a Romney, mientras que el presidente Obama habría lucido apático, a la defensiva y demasiado prudente en sus respuestas. En el segundo este habría retomado la iniciativa y dejado en evidencia las contradicciones y los yerros del aspirante a sucederlo. Las crónicas periodísticas resaltan el momento en que Obama aprovechó la pregunta de un estudiante sobre si iba a poder encontrar trabajo tras graduarse de la universidad en 2014, para acusar a Romney de que su plan de cinco puntos para crear empleo era en realidad “un plan de un solo punto: bajar los impuestos a los más ricos, que es la filosofía que ha perjudicado a las clases medias y nos ha llevado a la crisis actual”. En relación con el empleo, Obama clavó otro puntillazo a su contendor cuando este respondió una pregunta acerca de China, en la que se comprometió a ser más duro con la competencia desleal. “Ud. no tiene credibilidad en esa materia -le replicó- porque ha estado involucrado en empresas que han exportado empleos a China”. 


Con el presidente Obama tuvimos muchas diferencias en un principio, sobre todo por su renuencia a sacar avante el TLC que su antecesor había firmado con el presidente Uribe, pero afortunadamente para Colombia y también para los EE.UU., esa visión del mandatario demócrata fue cambiando hasta el punto de reconocer que, en el problema específico de desempleo, países como el nuestro, socio y aliado histórico, eran parte de la solución y no del problema. Esa es una de las varias razones por las que, si estuviera en manos nuestras, votaríamos por su reelección.