Editorial

Los otros Nobel 2012
16 de Octubre de 2012


Los Nobel científicos jamás generan polémica y de ahí su escasa resonancia mediática. Pero, contrariamente, es innegable su trascendencia como impulso a la ciencia, la salud y el desarrollo de los pueblos.

El nuevo Nobel de Literatura es el chino Guan Moye, nombre de pila de Mo Yan, que quiere decir “no hablar”. Él mismo explica que adoptó el curioso seudónimo para contener su ímpetu crítico y que fueran sus obras las que hablaran por sí solas, lo cual es explicable en un país en que impera la censura, de la que no ha estado libre, pese a su discreción. En 1995, su novela “Fengru feitun” (traducida al español como “Grandes pechos y amplias caderas”) desató una gran polémica en su país y el gobierno comunista no solo lo obligó a escribir una autocrítica sino que retiró su obra de circulación.


Aquel golpe no lo arredró y siguió escribiendo y publicando sus libros, restando importancia a la censura, pues según declaró a la revista Time en el 2010: “siempre hay ciertas restricciones a la escritura en cada país y esos límites pueden ser una ventaja porque me obligan a ceñirme a la estética de la literatura”. “Grandes pechos y amplias caderas” se publicó un año después en España y estuvo en el top-10 de los más vendidos. La crítica la recibió como una extraordinaria novela desde el punto de vista narrativo y una gran denuncia sobre la opresión de la mujer china. Otro éxito en Occidente fue su novela “Sorgo rojo”, adaptada al cine por el director Zhang Yimou, ganador del Oso de Oro del Festival de Berlín en 1988.


Ese discreto navegar de Mo Yan contra la corriente oficialista es lo que le permite pasar a la historia de la literatura como el primer chino radicado en su país que recibe el codiciado galardón, pues ya lo había ganado en el 2000 su paisano Gao Xingjian, pero desde el exilio en Francia y bajo esa nacionalidad. De paso, la Fundación Nobel confirma esa línea crítica hacia regímenes e ideologías antidemocráticas, que ya le habíamos resaltado aquí en el 2010 con el Nobel de Paz al disidente chino Liu Xiaobo y el de Literatura al peruano Mario Vargas Llosa.


Los premios creados por el inventor de la dinamita y gran filántropo sueco Alfred Nobel, para destacar el trabajo científico, estuvieron dominados en 2012, como casi siempre, por investigadores estadounidenses, europeos y japoneses. El de Química fue para los profesores Robert J. Lefkowitz, de la Universidad Duke en Durham, Carolina del Norte y Brian Kobilka, de la de Stanford, California. Sus aportes a la química y, en términos prácticos, a la medicina, son sus trabajos sobre un tipo de receptores de la membrana de las células, los llamados “receptores acoplados a proteínas G”. La Real Academia de Ciencias nos ilustra a los legos sobre la importancia de los hallazgos de los norteamericanos, advirtiendo que la mitad de los fármacos existentes basan su eficacia en la acción de estos receptores, que regulan múltiples funciones del organismo, desde el apetito al estado de ánimo, pasando por la tensión arterial, el tono muscular o las reacciones ante situaciones de estrés.


El Nobel de Física lo ganaron el francés Serge Haroche y el estadounidense David J. Wineland, por sus investigaciones pioneras en el campo de la óptica cuántica. Lo curioso es que, trabajando de manera independiente, consiguieron lo que en física se considera un hito: manipular partículas individuales sin que se pierdan sus propiedades cuánticas. Eso dizque va a ser definitivo en el desarrollo de computadores ultrarrápidos y relojes cuánticos de altísima precisión.


Comparten el Nobel de Medicina 2012, el científico británico John B. Gurdon y el japonés Shinya Yamanaka, porque con sus descubrimientos sobre clonación y células madre, desarrollados a partir de los 60, crearon “nuevas oportunidades para investigar enfermedades y desarrollar métodos para diagnósticos y terapias”. Quién no recuerda la famosa oveja “Dolly”, que dio inicio a la clonación de otros mamíferos. 


Finalmente, el de Economía no fue para economistas, sino para dos matemáticos estadounidenses: Alvin E. Roth y Lloyd S. Shapley, de Harvard y Ucla, respectivamente. Su trabajo sobre “asignaciones estables” y sus teorías de “rediseño de mercados económicos”, ya tienen aplicación práctica en la solución de problemas, tales como la mejor asignación de cupos en las escuelas o el desafío de garantizar que los órganos donados sí lleguen a los pacientes que demandan un trasplante.


Los Nobel científicos jamás generan polémica y de ahí su escasa resonancia mediática. Pero, contrariamente, es innegable su trascendencia como impulso a la ciencia, la salud y el desarrollo de los pueblos.