Columnistas

Recuperar la República
Autor: Dario Ruiz Gómez
15 de Octubre de 2012


El Partido Liberal alcanzó su verdadera legitimidad histórica cuando defendió el derecho a la asociación sindical de las clases trabajadoras, a la enseñanza pública y laica, cuando predicó y defendió la tolerancia.

Decía Alfonso López Pumarejo que el Partido Liberal cobraba su verdadero significado cuando  era oposición. Un partido político necesita permanentemente oxigenarse, democratizar su estructura, hacer frente a las nuevas situaciones sociales, algo que no van a hacer los partidos de extrema izquierda. El Partido Liberal alcanzó su verdadera legitimidad histórica cuando defendió el derecho a la asociación sindical de las clases trabajadoras, a la enseñanza pública y laica, cuando predicó y defendió la tolerancia. Y esto mismo podríamos decir del Partido Conservador cuando defendió la estructura familiar como base de la sociedad, la recuperación y vigencia de tradiciones vivas, los derechos de los católicos, de la empresa privada bajo los más genuinos predicados democráticos. Que los atentados de los fanáticos de uno u otro lado atentaran contra este espíritu fundador de nuestra República es otra cosa. ¿No estuvo presente en esta construcción de civilidad el más genuino espíritu de la Cultura Occidental, ese espíritu de una razón universal oponiéndose al caudillismo devastador, a la politiquería provinciana, a las falsas aristocracias y a sus inventados privilegios? Intentábamos así salir de la larga noche del atraso mental dominado por la barbarie más terrible, por la presencia no de la justicia universal sino de la venganza y la puñalada trapera.


El derecho al voto era el derecho a ser individuo, a ser libre y escapar de la esclavitud de las patotas, de ese bandolerismo que tan certeramente analizó Hobsbawm. Pero aparecieron los fabricantes de fórmulas para la felicidad de los pueblos como los llamó Baudelaire, apareció el totalitarismo del siglo XX o sea el comunismo y convirtió lo que como expectativa de cultura era el pueblo, en esa masa irracional que Canetti describe magistralmente. El adoctrinado deja de tener voz y se convierte en el zombi de los escuadrones chavistas, en esa masa que vocifera en la Plaza de la Revolución cubana, en los tenebrosos piqueteros peronistas, en indígenas y campesinos sometidos a marchas inhumanas. Ante esta asonada capaz de disfrazar la más cruel de las violencias, el pensamiento, el orden jurídico republicano -el Humanismo frente al terror- pasó a convertirse en Colombia en una actitud perseguida, vergonzante, se quemaron libros burgueses, se destruyeron laboratorios para dar paso a la ciencia proletaria. Fue la traición de los profesores, de los intelectuales plegados ante las desafiantes consignas de estos alborotadores. Y ha sido el silencio cómplice de muchos empresarios, de muchos magistrados atemorizados por este matonismo.


No ha sido así ni en Brasil ni en México, ni en Argentina o Chile donde el intelectual republicano ha sabido enfrentar estas afrentas al pluralismo político de manera que  esta barbarie no logró borrar la presencia del orden jurídico, de las instituciones tal como por desgracia se llevó a cabo  en Colombia, donde el pensamiento libre continúa siendo acorralado pues, paradójicamente,  la frivolización de los grandes medios de comunicación dejó desamparado al pensamiento independiente  mientras  el totalitarismo ha contado con todas las facilidades.


Capriles abrió una ventana al mundo para mirar desde dentro el mecanismo de horror creado por el chavismo y que naturalmente iba a salir triunfante contando con todo el aparato estatal a su favor, y esa ventana se ha abierto sobre Colombia donde los demócratas, que viven hoy prácticamente en un exilio interior,  se erigen en la verdadera y única oposición como defensa del pluralismo, de las instituciones, de la libertad, frente al despotismo totalitario que una vez más, desde un proceso de paz, insistirá en negar el derecho de las mayorías a pensar lo contrario a lo que ellos han estado tratando de imponer por la fuerza.