Columnistas

Arbitraje torcido
Autor: Sergio De La Torre
14 de Octubre de 2012


El CNE debe cuidar que no haya ningún tipo de presión o seducción sobre el elector por parte del Estado, máxime cuando su cabeza es candidato, o sea, parte interesada.

No había que ser ningún vidente para predecir quién ganaría la elección en Venezuela. Caía de su peso hasta para el más distraído o ajeno al tema. Mas no, por lo visto, para quienes de mala fe, o por pura y simple memez, en los medios periodísticos del hemisferio, al paso que ocultaban la actitud pasiva y la evidente complicidad del Consejo Electoral en la fase previa a los comicios - que ya no duran un día sino meses enteros, cuando se cuecen las habas – le cantaban loas a la imparcialidad de dicho organismo, tomado y reclutado de tiempo atrás precisamente para poder montar la pantomima de un proceso limpio y transparente. Esos medios, al igual que el letárgico Insulza, Secretario de la OEA, en actitud muy extraña, por lo sistemática y sostenida, repito, no veían sino el esmero conque cumplía su labor técnica y administrativa en cuanto a mesas, actas y jurados y a la supuesta confiabilidad y rigor del conteo y escrutinio. Pero omitieron mirar el lado político de su función de garante, justamente el que más importa: prevenir e impedir la parcialización del régimen, que tanto incide en el resultado.


La autoridad electoral es no solo proveedora de implementos sino árbitro político, celoso fiscalizador (presto a reconvenir, corregir y castigar) de la pureza del sufragio, la cual no solo se viola falseando las cifras al momento de proclamarlas. El CNE debe cuidar que no haya ningún tipo de presión o seducción sobre el elector por parte del Estado, máxime cuando su cabeza es candidato, o sea, parte interesada. Pues el temido fraude se comete no apenas después de consignado el voto, cuando, cerradas las urnas, se procede a verificar su contenido. También se comete antes, a lo largo de la campaña y aún antes de ella, cuando por medios y con recursos oficiales se amedrenta o ablanda al sufragante para que vote en un  sentido u otro. Hay entonces un fraude aritmético, que en el caso de Venezuela se ha descartado, en homenaje a la manida infalibilidad del sistema electrónico. Pero hay otro peor: el largo fraude anterior, que suele pasar inadvertido por no ser aquel a que estamos habituados en estas democracias incipientes, y que consiste en inducir la voluntad del ciudadano, desde lo alto, con prebendas o servicios que palian viejas necesidades, sin resolverlas a fondo, a costa del erario, parte gruesa de cuyos recursos, en circunstancias como las de la rica  a la vez que exprimida Venezuela, se aplica a asegurar la perdurabilidad del dómine y su camarilla, revistiéndolos de una falsa legitimidad, que se renueva cada sexenio en eventos espurios como el que acabamos de presenciar.


¡Qué cara le está resultando a Venezuela la megalomanía de este advenedizo, o paracaidista! Es ya proverbial el despilfarro de dineros públicos en el ostentoso, saltuario asistencialismo que allá se practica, y en la acromegalia del Estado, que ha multiplicado su planta burocrática, para que todo miliciano o activista (de esos que siempre vemos en las manifestaciones coreando el mismo alarido, cada que el interminable tribuno toma aire para también repetirse) esté debidamente enchanfainado, no sea que su lealtad mengüe. Y es proverbial también la improvidencia con que se invierten esos dineros en el exterior, para que no desfallezca el aplauso de ciertos gobiernos, seducidos no tanto por un mesías de ocasión, extraviado en sus quimeras, como por sus alforjas, todavía abultadas. Lo que de paso nos muestra cómo la perversión extrema del “novorriquismo” también sirve afuera: nunca faltan el mercenario que sucumba a la pasajera tentación de sus caricias y encantos. Y digo pasajera, porque el petróleo no tiene asegurada la eternidad como combustible, y tampoco entonces como fuente de riqueza y poder.