Columnistas

Paz sin regateos ni inamovibles
Autor: Bernardo Trujillo Calle
13 de Octubre de 2012


El Presidente fue enfático al hacer conocer el preacuerdo firmado de que no se levantarían de la mesa de negociación hasta concluir, lo cual se calcula para unos 10 meses, no años.

Aun antes de reunirse las comisiones nombradas para empezar a tratar sobre los puntos que fueron materia de convenio, ya empezaron los guerrilleros a proponer algunos otros temas que posiblemente no podrán ser tomados en cuenta y se espera que ello no obstaculice el proceso que hasta ahora tienen buenos augurios.  Por ejemplo, lo de Simón Trinidad no es asunto del gobierno colombiano, ni siquiera del gobierno americano porque lo tiene en sus manos la justicia ordinaria de los Estados Unidos, rama del poder absolutamente independiente del ejecutivo. (¿Intervención virtual?).  Igual pasa con las exigencias de alias Calarcá, empeñado en no aceptar un término de meses, ni siquiera razonable, para la firma del tratado bajo el expediente de que no se sabría cuándo va a concluir.


El Presidente fue enfático al hacer conocer el preacuerdo firmado de que no se levantarían de la mesa de negociación hasta concluir, lo cual se calcula para unos 10 meses, no años.


Y es que vienen las elecciones presidenciales y nadie sabe dónde terminarán y con quién en la Casa de Nariño, no obstante que todo parece indicar que será el Presidente Santos reelegido, lo más conveniente desde luego.


Mientras tanto, el proceso debe haber culminado por razones obvias. No habría razón de una prolongación de lo que fue ya acordado en principio por ser lo racional y necesario.  Darle largas es ponerlo en peligro. Lo más sensible y difícil de lo nuevo que se está hablando, es el cese al fuego o la llamada tregua bilateral, por la fragilidad misma del conflicto que en el momento menos pensado se puede dañar por una acción militar de cualquiera de las dos partes en conflicto o de una ‘bacrim’. El Gobierno dice no acceder a esta pretensión y las Farc lo tienen como un presupuesto sine qua non.


Se avizoran otros problemas que se sabe vendrán dentro de las discusiones en algún momento. Me refiero por ejemplo a la devolución de las tierras despojadas por las Farc, que no son pocas, y a la entrega de los secuestrados que deben de tener en su poder, pero que de entrada ellas han negado. No son de poca monta estos temas, que tarde o temprano aflorarán como materia de inevitable de discusión. Allí las Farc habrán de confesar, si es cierto que no hay secuestrados, qué hicieron con ellos, pues una de las hipótesis que se manejan es que los hayan matado o que fallecieron a causa de los quebrantos físicos sufridos en cautiverio.
¿Y del narcotráfico, qué? Neurálgico el punto, pues de ello deriva fundamentalmente la subsistencia la guerrilla.


Las armas, la dotación toda y mucho efectivo para desarrollar actividades íntimamente vinculadas a las acciones subversivas. Secuestro extorsivo y cocaína, he ahí la cuestión sin la cual los días estarían contados para la subversión. Ayuda internacional no les viene porque no hay quien se las proporcione. La Unión Soviética no existe y Cuba no está en condiciones de hacerlo, a más de que el régimen de la isla caribeña hoy no acepta que las Farc se alimenten de secuestro y narcotráfico. Ni siquiera es partidario de que ande por allí todavía una anciana guerrilla, expresión arcaica de un pasado sin vigencia, desprestigiada y sin poder de tomarse por las armas el poder. Ella no está en condiciones de exigir demasiado, y el gobierno menos estaría dispuesto a entregarles otra cosa que no sea el de poder participar en política y algunos beneficios sobre su condición personal ante la ley penal.  Pero primero la paz, así ella demande sacrificios, que jamás serán superiores a la firma del elusivo tratado.


P.S.  La elección de Chávez hay que celebrarla como pieza insustituible en el proceso de paz por los demócratas.


Doce o más triunfos electorales seguidos no hablan de un dictador. Él perdió ya sus ímpetus golpistas y está más cerca de Santos y de Colombia que Capriles, vástago de una familia todopoderosa y empinada caraqueña desafecta con los colombianos, según lo dicen quienes la padecieron. Lo de la corrupción es cierto y detestable aquí y allá. Pero ojo. No es conveniente “hablar de la soga en casa del ahorcado” o en la del vecino ¿Habremos perdido la memoria tan pronto? ¿O qué?