Columnistas

Simplicidad en las políticas públicas
Autor: Sergio Prada
13 de Octubre de 2012


La palabra clave en estas dos reformas es simplificar, a mi juicio un paso en la dirección adecuada.

Aunque parezca mentira, en el mundo académico la complejidad es sinónimo de pereza mental. Las teorías más elegantes y más respetadas son aquellas que explican mucho con pocos elementos. Para que una nueva teoría se abra paso, ésta tiene que explicar más y debe seguir regida por el principio de simplicidad. Algo similar debería ocurrir con las políticas públicas.


El segundo tiempo del gobierno Santos viene con una serie de propuestas de reforma a algunas de las reglas de juego en el ámbito económico. Las dos propuestas de las que más información tenemos son: la reforma tributaria y la eliminación de los tres ceros al peso colombiano. Según el ministro de Hacienda, la reforma tributaria no busca aumentar el recaudo (algo que se logra a punta de buena gerencia en la Dian y no de más leyes), sino simplificar el código tributario. De igual forma, la eliminación de los tres ceros busca simplificar los sistemas contables, y de paso darle un empujoncito al control de la inflación. La palabra clave en estas dos reformas es simplificar, a mi juicio un paso en la dirección adecuada.


Se me ocurren tres argumentos para defender la simplificación como un principio fundamental en el diseño y reforma a la política económica y social. Simplificar es una buena medida anticorrupción. Bien se dice que el diablo está en los detalles. En días pasados el columnista  Luis Kleyn afirmaba que el Estatuto Tributario colombiano tiene 6 libros, 881 Artículos con 136 disposiciones complementarias. Bastaría una mirada a este código para encontrar exenciones y beneficios que tienen nombre propio. Esta es la corrupción “de corbata”, lograda por grupos de presión y de lobby, y disfrazada con el  eufemismo de “incentivo tributario”. Eliminar los “incentivos tributarios” del código y más bien convertirlos en giros directos condicionados a recaudos aumentaría enormemente la transparencia.


Simplificar aumenta la eficiencia. Navegar sistemas y reglas de juego complejas implica gastar importantes cantidades de tiempo, dinero y otros recursos, que bien podrían estar siendo usados en otras actividades. Además, la complejidad facilita las cosas para los timadores de incautos. Simplificar podría ayudar a destruir esa cultura perversa que cunde en el país según la cual “hecha la ley, hecha la trampa”. Simplificar nos hace más iguales. Reglas simples son más fáciles de comunicar masivamente y por medios al alcance de todos como la radio y la televisión, haciéndonos a todos los miembros de la sociedad más iguales. También son más fáciles de entender para aquellos cuyo deber es hacerlas cumplir. Estoy seguro que usted tendrá otros y mejores argumentos. En un país difícil de navegar como el nuestro, bien vale la pena apostarle al principio de simplificar como un criterio a la hora de diseñar política pública.