Columnistas

Maestro Rettig, dueño de la orquesta
Autor: Olga Elena Mattei
13 de Octubre de 2012


Es importante que a nuestros solistas se les dé la oportunidad de presentarse ante el público.

Volvemos a la Filarmónica regular, sin la gran ampliación de atriles que gozamos durante el magnífico festival. Comenzamos con la Obertura Trágica de “Mi” Brahms, (3 x 1, y 2 x 1, ta- ta tá) y sus apoyaturas por todas partes. El Brahms que hereda de Beethoven y sobrepasa a su amigo Schumann, y a Schubert… Una ejecución exacta como lo son todas a manos del Maestro Rettig, de una obra que por sí misma no da gran oportunidad de grandilocuencia, a favor de un discurso inteligente.


En seguida, el Concierto para violonchelo y Orquesta de Schumann. Es importante que a nuestros solistas se les dé la oportunidad de presentarse ante el público. Karen Londoño fue la concertista. El timbre de su violonchelo se parece a la expresión que tenía en su rosto. Ello denota que está poniendo todo su esfuerzo en su ejecución;  en cuanto a su interpretación se puede decir que también está de acuerdo con su expresión. El chelo lleva pasajes y cadenzas con difícil digitación, bien sorteados. Londoño ofreció un encoré de César Augusto Sambrano, un sanjuanero. Algunos armónicos, tonos dobles y ritmos nativos.


La orquesta con perfecta cohesión, la dirección enérgica y ajustada. Me atrevo a decir que hay más escritura en este Schumann que en el anterior Brahms… van bien juntos si no se quiere un programa de contrastes. Estas dos partituras de Brahms Y Schumann son muy sobrias, como para puristas que gusten de lo correcto sin requerir nada más.


Y el placer de la noche, la Séptima Sinfonía de Beethoven, una de sus más rítmicas y festivas composiciones. El ánimo es danzante, casi tanto como las danzas campesinas de la pastoral, hasta el punto de que en 1938, León Massine, desde los Ballets de Monte Carlo, creó un ballet muy importante para esta música, el cual sirvió luego de base argumental para una famosísima película argentina que se llamó “Donde mueren las palabras”.


Ahora sí tenemos al Rettig multiplicado que atiende y controla cada sección instrumental. Cada expresión, tanto los climas como los pasajes de sutileza emocional. El último movimiento estuvo deliciosamente crocante, con sus  stacattos bien marcados y sus tuttis efusivos y brillantes. El concertino Gonzalo Ospina y Pavel Russev, primer cello, conduciendo sus secciones con la mayor vivacidad. Los vientos resonaron muy Beethovenianamente. Todos coronaron la noche con gran esplendor.


Aún faltan los comentarios acerca de la fabulosa ejecución del Pájaro de Fuego, de Stravinsky, también dirigida por el extraordinario director Francisco Rettig.


Saldrá algo atrasada, a causa de que tuvimos 19 conciertos en 15 días en el Gran Festival  Internacional, organizado por la Filarmónica, y los columnistas no podemos ocupar sino una a la semana; (en la sección cultural sí hay más espacio, pero la crítica solo sale en la sección de opinión). Así que, hasta la próxima semana…