Columnistas

Lecciones desde Venezuela
Autor: David Roll
12 de Octubre de 2012


La historia de Venezuela es dramática, en el sentido de que ese país tenía un sistema de partidos bipartidista con una gran aceptación de casi el total de la población.

Lo que ha pasado en Venezuela con Hugo Chávez puede ser utilizado como un manual para Colombia de lo que debe hacerse para evitar tener un mismo presidente por 20 años consecutivos. La principal lección es que debe cuidarse muy bien el sistema de partidos, por decepcionados que estén algunos o muchos ciudadanos de él, porque la destrucción de un sistema de partidos, como sucedió en Venezuela, da lugar a que líderes carismáticos, de izquierda o de derecha, con ambiciones de poder excesivas, aprovechen ese vacío institucional para con un golpe electoral situarse en una posición de privilegio y luego perpetuarse, al estilo de los viejos dictadores, pero sin romper las normas democráticas básicas, aunque abusando de muchas de ellas. ¿Le suena?


La historia de Venezuela es dramática, en el sentido de que ese país tenía un sistema de partidos bipartidista con una gran aceptación de casi el total de la población. Era visto como legítimo, en parte porque la abundancia del petróleo permitía que grandes grupos económicos se enriquecieran y que la población pobre al mismo tiempo recibiera beneficios importantes, vistos por la izquierda como migajas, pero que realmente eran una especie de Estado del bienestar. Cuando la crisis económica impidió esta danza de los millones, los ciudadanos se decepcionaron de los partidos, porque además estos, como sus líderes lo han reconocido, habían caído en prácticas acomodaticias y muchas veces corruptas. El error de la población fue haber decidido que una democracia puede funcionar sin partidos, en lugar de buscar crear nuevas fuerzas que reemplazaran a éstos, o lo que es más lógico, tratar de reconstruirlos con las juventudes partidistas y reformas jurídicas, como se está intentando en Colombia.


Cuando Chávez se presentó a elecciones, tiempo después de su fallido golpe militar y siendo ya civil, la población estaba harta de los partidos tradicionales y votó por él, no por convicciones de izquierda necesariamente, sino por su indudable carisma y capacidad de convencer a grandes masas de desencantados. Faltó la madurez política ciudadana para entender que la democracia funciona a través de complejas organizaciones llamadas “partidos políticos”, donde los liderazgos son rotativos, porque de otro modo se cae en situaciones de lo que se ha llamado en Latinoamérica “Neobonapartismo Civil”. Este fenómeno hace referencia a Napoleón III, uno de los primeros jefes de Estado elegidos popularmente que luego usaron su posición para imponerse sobre los demás poderes y romper el equilibrio de éstos y la competencia política.


En beneficio del Presidente Chávez hay que decir que él no inventó esta fórmula en Latinoamérica, aunque prácticamente la patentó, pues antes que él estuvieron los presidentes Fujimori, Menem y Cardoso, en los 90, reformando Constituciones para quedarse todo lo que pudieran. Más recientemente, en el otro lado del espectro político ideológico, Álvaro Uribe hizo lo mismo, y hay otros ejemplos por ahí rondando. Digámoslo claramente, todos los anteriores hicieron trampa, porque no es legítimo que un presidente utilice su mandato para promover un cambio constitucional que le permita quedarse en el poder cuando fue elegido en un régimen de no reelección o que busque una tercera cuando lo legal son dos. Lo que pasó en Venezuela el domingo debe ser un aviso para nosotros, pues casi permitimos un tercer período de Uribe no hace mucho, y que por poco sucede si el mismo Uribe no tiene la sensatez histórica de aceptar la derrota jurídica da la nueva reforma constitucional de la “re-reelección”, aunque después se hubiera arrepentido de ello. No se trata de ser antiuribista o antichavista, antidrechista o antizquierdista. Sencillamente somos repúblicas y no queremos monarcas auto-coronados como Napoleón III. La clave para evitarlo es institucionalizar a los partidos políticos y no darles un entierro de cuarta como hicieron en nuestro vecino país, para luego reemplazarlos con líderes mesiánicos hiperidelogizados y enemigos de la sana rotación presidencial.


*Profesor Titular Universidad Nacional de Colombia