Columnistas

Venezuela: ¿Cuentas alegres?
Autor: Sergio De La Torre
7 de Octubre de 2012


La democracia prevaleciente en Latinoamérica no es propiamente la plebiscitaria sino la representativa. Que algunos la quisieran “participativa” además, pero eso da igual: no agrega nada.

La democracia prevaleciente en Latinoamérica no es propiamente la plebiscitaria sino la representativa. Que algunos la quisieran “participativa” además, pero eso da igual: no agrega nada. La representativa se basa en la división de poderes, que se controlan recíprocamente y tienen períodos preestablecidos que no conviene  alargar con reelecciones inmediatas, ad hoc, así sean autorizadas por la Constitución, previamente reformada para el efecto. Pues éstas no son de recibo y dejan un mal sabor, por el aprovechamiento indebido del poder que suponen. Aquí lo vivimos en el pasado reciente con la primera reelección presidencial y, sobre todo, con el intento de una segunda. Y repetimos la experiencia este año, cuando el Ejecutivo, el Congreso y las Cortes (obrando al unísono, casi a escondidas,  enfrentando a la sociedad toda, que se alzó indignada, y sufriendo el indecible desgaste consiguiente) quisieron ampliar sus privilegios e inmunidades por la vía de una reforma a la justicia urgente e inaplazable, que se frenó a tiempo para evitar mayores males.


Menciono estos episodios que nos incumben, para destacar el contraste entre nuestra democracia y las que operan en el vecindario. Todas ellas dicen seguir el modelo liberal, siendo algunas más aparentes que reales. Ostentan la fachada, pero intramuros funcionan distinto. Como Venezuela, donde hoy tenemos comicios presidenciales, con dos candidatos en liza que no compiten en pie de igualdad. O más bien sí, desde el punto de vista formal, mas no en la práctica. El candidato oficial lleva 14 años en la silla, acumula ya 3 elecciones consecutivas y aspira a la cuarta. Usa y abusa del aparato del Estado, que maneja como si fuera de su propiedad. Desde un comienzo cooptó al parlamento y las cortes, hoy sometidas a su voluntad y  caprichos. Por si no bastara, tiene a sus pies el Consejo Electoral, que escruta, arbitra, decide e informa. O sea, notifica el resultado a la hora, o el día que se le antoje, si es que, por no coincidir éste con lo que conviene al mandatario interesado en perpetuarse, hubiere que amañarlo.


Sin contar a la rumbosa Cuba, donde la única elección general que se acostumbra es la del parlamento (por así llamarlo), y ella es una mera ritualidad, en la cual de antemano se sabe que el partido único sacará el 99.9% de los votos, no conozco en América otro caso como el venezolano, donde se dé tamaña desigualdad en el duelo electoral. La televisora estatal, verbigracia (que borra de las pantallas a los canales privados cada vez que lo requiere, o sea siempre, en campaña electoral) se pone al servicio de uno de los contendientes de modo tan exclusivo y excluyente, como si el otro no existiera. Algo que solo ocurre en esas democracias de pacotilla que aún subsisten en sociedades tribales o semisalvajes como Somalia, Malasia o la Libia de Gadafi ayer.


Pienso que Chávez será reelegido de hecho, así no lo reelijan los votos. El resultado está cantado, pues lo que importa no es la aritmética sino la decisión ya tomada de no permitir la caída del régimen. Y para el régimen los comicios y el indagar el querer popular, es apenas un simulacro que no cabe eludir ni siquiera para evitarse la censura del mundo. No del mundo entero, desde luego, pues en Latinoamérica no todos los gobiernos concuerdan con Venezuela. Hay algunos (y no son  pocos) que por estar endeudados hasta el jarrete, o por estar hipotecados, o mantenidos (en el sentido estomacal de la palabra), cohonestan la clausura  progresiva de la libertad política que allá se vive. Porque si bien al coronel le falta  pudor, cordura y credibilidad, le sobra petróleo y petrodólares para comprar apoyos no solo adentro sino afuera. Es un sobornador innato que, además, no disimula su labor. Sus fieles en la cúpula se lucran de la corrupción rampante que por cuenta de la renta petrolera y el narcotráfico se ha propagado en estos casi tres lustros. Y cierto electorado cautivo, obediente y muy voluminoso sigue condicionado por los gajes de un asistencialismo tan abundante como ramplón, y a la larga ruinoso para todos. El coronel habla de una vieja y hostil burguesía, de la cual ya dio buena cuenta, por cierto. Pero tiene su propia burguesía, de cuño  burocrático, nueva y emergente, parasitaria e improductiva, que él mismo, en reemplazo de la anterior, generó y enriqueció. Y que, por sí misma, no le permitirá  entonces devolver el poder, así lo pierda en las urnas por una diferencia abismal, pues ahí se juega ella su tranquilidad judicial, y por ende su bienandanza.