Columnistas

Shostakovich y aires llaneros
Autor: Olga Elena Mattei
2 de Octubre de 2012


Inusual combinaci髇 en el programa del 鷏timo concierto del maravilloso Festival Internacional de M鷖ica Cl醩ica de Medell韓, organizado por nuestra Orquesta Filarm髇ica.

Inusual combinación en el programa del último concierto del maravilloso Festival Internacional de Música Clásica de Medellín, organizado por nuestra Orquesta Filarmónica. Además, inusual maestría la de los ejecutantes, en especial, la de dos intérpretes venezolanos prodigiosos. Comenzamos con la Sinfonía No. 5  de Dimitri  Shostakovich.  Dadas la grandiosa complejidad y la belleza de esta obra, y el hecho de que el público melómano de Medellín no ha tenido muchas oportunidades de profundizar en este compositor, hoy describiré algunos aspectos de la misma.                                                                                                                                          


La primera parte es de un sentimiento melódico casi romántico, que para la época de Shostakovich es casi un contra sentido. Y muy pronto surge una apoteosis orquestal de más alta densidad intelectual y anímica. Fuerza en las palabras instrumentales, casi caos.


(Las cuerdas bajas se atrasan. Un corno ejecuta un solo fuera de tono). Y luego el más bello de los solos (Elizabeth Osorio) en la flauta, seguido por otros, sublimes, de los violines concertinos, (Gonzalo Ospina y  Krysztof Wisniewski). El alegro en tempo es de Waltz, que, aunque de eterno uso, inesperado en Shostakovich. Un delicado diálogo entre el concertino y la flauta, al cual hacen eco los instrumentos de distintas secciones con pizzicatos danzábiles. En el tercer movimiento, largo, predomina apropiadamente otro largo, lento y romántico pasaje. Se van sumando los timbres hasta engrosar el sonido en un recio tutti que conserva un carácter melodioso. Hay otro solo de flauta con un fondo de trémolos que pasa de los primeros a los segundos violines. Largas melodías que se repiten por toda la orquesta, en un ritmo lento y con cierta profundidad expresiva a pesar de su levedad melódica. El arpa, María Clara Alarcón,  hace su aparición delicada. En el cuarto movimiento, allegro ma non troppo, otra apoteosis, de ritmo entusiasta: Una loca gritería, pero una gritería armónica. El Director (el venezolano Saglimbeni), quien conduce de memoria la complicadísima partitura, lleva todo bajo su control sin siquiera agitarse. Nadie se desfasa. La grandiosa construcción se despliega con exactitud electrónica. Los largos se suceden y parece que se convierten en materia física, como niebla o humo que se levanta desde las manos de los músicos. La orgía instrumental del finale la podrían captar todos mejor si se atrevieran a aplicar el truquito de hacerle concha acústica a las orejas con las manos. ¡La mejora es increíble: se puede oír por separado cada instrumento!


Poema. Ernesto Chausson. Alexis Cárdenas (violinista venezolano, y fundador del Alexis Cárdenas  Cuarteto, es el concertista. Un violín con voz intensa y categórica. Cuerdas dobles de inmediato. Esta sí es una obra romántica situada en el periodo correspondiente. Cada clímax llega, no por complejidad y adiciones sonoras, si no por tensión melódica e interpretativa. Pura expresión, y Cárdenas la lleva al trance interpretativo.


Enseguida, la sofisticada Tziganne, de Ravel.  Otra pieza cuajada de armónicos, ejecutada con virtuosismo. Ahora Cárdenas le saca sonido de viola gitana a su mismísimo violín, sin menoscabo del tono absoluto, a pesar de las dificultades. Y no solo armónicos al unísono, sino además  melodía con acompañamiento en su solo violín y al mismo tiempo, el dialogo, (la discusión), con el arpa. Para cerrar, Pajarillo. (Aire llanero). Se escucha el protagonismo de las violas, que casi nunca salen a bailar. Y a mitad de la obra, este rol se le entrega con exclusividad absoluta al Cuarteto: Violín, bajo, cuatro y percusión étnica. Vamos quedando estupefactos con el increíble despliegue del “cuatro” pues Jorge Glem le arrancó a su instrumento todo el ritmo y el lenguaje étnico más exigente, a una velocidad inconcebiblemente vertiginosa, en la cadenza de su propia autoría. Y regresamos al violín de Cárdenas, quien, al parecer improntu, traduce el aire y el ritmo, nada menos que a J. S. Bach. ¡La locura total! La genialidad increíble de estos hombres que se volvieron pájaros cantores de la tierra. Un encore fue “Canción”, de M. Llano, que en los dedos y alma de estos músicos fue todo un paroxismo de la alta calidad discursiva en alas de los fabulosos  timbres que Cárdenas le logra sacar a su violín. Un segundo encore fue otro joropo lleno de adornos y contracciones rítmicas y emoticones metálicos prodigiosos.